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Imagen desde el espejo

Imagen desde el espejo
Retrato de Jackie Nuñez... una gran amiga y una mejor artista

martes, 18 de febrero de 2014

La Increíble Historia del Hombre que aparcaba su Bicicleta en la Puerta de una Mañana de Domingo.

Arqueo de una extraña manera la espalda. Se inclinó apoyándose contra el respaldo de la silla tapizada en colores crema con los codos y flexiono levemente las piernas haciendo fuerza para atraerla hacia si porque llevaba quizás demasiado tiempo en la misma postura… dejando escapar un leve quejido y entrecerrando los ojos, para concentrarse en un punto al otro lado de sus párpados. Un punto in finito que él y solo él parecía ver. E inmediatamente después como si hubiese vuelto de un trance personal, nos miró a ambos un segundo (quizás fueron más, pero a mi me pareció un solo segundo, extraño por lo efímero, pero casi dramático) y sonrió. Pero no era una sonrisa ágil. Era una especie de gesto fragmentado en cientos de cristalitos de colores térreos.

                Los rayos de sol empezaban a despuntar arañando la persiana bajada, que se hacían pinchacitos de acupuntura sobre nuestras pieles macilentas. El perro aletargado por el humo del cannabis a mis pies. La música flotando como copos de nieve. La vida en la mano. Una vida cómplice, frenética y muerta de hambre. A veces Madrid te ofrece regalos imprevisibles. Y ya eran las diez de la mañana al borde de una galerna que estaba arrasando la costa pero tan lejos de nosotros como cualquier responsabilidad que alguno de los tres hubiésemos mantenido por esa mañana de domingo, que habíamos aparcado como una bicicleta en la puerta de un bar amarrada a una farola… a si que inevitablemente ahí estábamos los tres, desconocidos conociéndose a la velocidad de la luz por si llegaba el mañana y nos encontraba desnudos como niños y así de frágiles. Nos vestíamos de secretos a toda prisa, sin miedo y sin vergüenza. Aunque se nos acababa el tabaco. Bebíamos ahora ron con zumo de piña sin hielo, aunque si hubiésemos tenido Pastís como único recurso no hubiésemos tenido miramientos, porque la noche había sido larga, miles de rostros y de conversaciones habían desfilado ante nosotros, rostros ajenos como éramos ahora un poco menos nosotros, al menos durante esa mañana. Y la noche, tan larga, de un Madrid tan grande, había sabido a nada y había ido dejando un regusto extraño en nuestros paladares, pero si bien al verlo ahí sentado, velado por cierto vestido de una tristeza antigua, me daba cuenta de que lentamente nos íbamos hermanando en algo que como la espuma en la orilla de la playa, de una playa revuelta, de una marisma violenta que era lo que había fuera, de donde veníamos y de lo que sin pudor ahora tratábamos desesperadamente de huir, era breve y quebradizo. Era un Ecce Hommo de cristal de bohemia retorcido en una extraña postura, como encerrado en su piel, en medio del salón.

-Si es que la gente no tiene ni puta idea de lo que hay detrás – concluyo su viaje que nosotros presenciamos como en un tren a toda velocidad, al otro lado de la ventanilla de un ferri. Se incorporó, y estiró los brazos tratando de tocar las nubes de humo amarillo que flotaban sobre nuestras cabezas. Por un segundo pensé que trataba de jugar a auto compadecerse, de desmitificarse, o “despedestalizarse”… no sé. Supongo que es fácil enumerar cada una de las cosas que crees van mal en tu vida cuando tienes una importante cuenta corriente, cuando eres el “hombre del momento”, cuando no necesitas reservar en el Ramses o tienes un palco en el Real solo por ser quien eres. Cuando no has de levantarte cada mañana a las seis y media de la mañana por un paupérrimo salario, o estás en paro. Aunque supongo que es exactamente igual de sencillo prejuzgar a alguien por ser lo que crees que es.

                Encendió un nuevo cigarro, que abrasó de una sola calada y luego expulsó el humo con una furia contenida e intermitente.

                -Y la gente me ve, y me hace la pelota, y…- y ahí estaba. De pie frente a nosotros. Estaba harto de verlo en series de televisión de más o menos éxito, de verlo en las portadas de algún serial de celuloide por sus supuestos affairs con unas y/o con otros, de conocer lo que creía que era su vida a través de lo que otros que ni siquiera habían compartido una sonrisa con él, de presumir saber lo que sentía, lo que disfrutaba y lo que soñaba cuando nadie parecía mirarlo de frente. Aunque ahora estaba en medio de nuestro salón  y aquel prototipo de personaje había mutado en una persona rasgada y lacerada. Era extraño… en el fondo era como ver una película en 3D, o estar en el visionado de “El Color Púrpura del Cairo”…- y supongo que no saben que me muero de ganas por poder decirles a todos que me importan un carajo y que si hiciesen el mismo esfuerzo por conocerme como por adorar la imagen distorsionada que tiene de mí, quizás tendrían ese trocito de mí que creen les corresponde por derecho porque han leído esto o aquello, o se han cruzado conmigo en esta o esta otra inauguración… o simplemente porque me siguen en tweeter.

                Hizo un gesto extraño con la mano, como desechando el último fugaz pensamiento que cruzó su cabeza al oírse a sí mismo diciendo todo aquello. Se inclinó sobre la tapa de “Los Juegos del Hambre”, se inclinó con una torpeza propia de unas horas tan avanzadas y tan breves, y esnifó con energía tratando que los malos recuerdos que borbotaban por salir se arrastrasen por su garganta hacia el estómago, como para digerirlos y así no tener que volver a recordarlos.

                Yo me levanté, hice lo propio, aunque mi pena fuese menor y menos ácida que la suya, aunque estaba también ahí. Si algo aprendía a cada palabra era el espejo que estaba representando para mí aquel encuentro. Y tan cerca, rodeando la mesa camilla, mientras me ofrecía el billete enrollado, nos miramos un segundo y no sé por qué, nos abrazamos muy fuerte. Luego se dejó caer en el sofá  con todo su peso haciendo crujir la madera.

-Venga ya. No puede ser tan malo- traté de restar importancia para aligerar el peso de la conversación. El me miró con desconcierto.

-¿El qué?.

-Lo de ser famoso y todo eso.- me bastó con escuchar mi voz para arrepentirme hasta del agudo timbre que surgió impertinente. A sí que sonreí, levemente. Ambos me siguieron, cada cual por una razón distinta.- quiero decir…

-Se perfectamente lo que quieres decir. ¿Te refieres a que salgo en la tele?.

-No, bueno…-traté de disculparme, lo que vino seguido de otro movimiento de mano, ese tan suyo como si estuviese esparciendo un goterón de acuarela en una piscina de agua templada.

-Supongo que es más una cuestión de responsabilidad- prosiguió, paladeando cada palabra para ser todo lo preciso que creía yo necesitaba.-Eso es exactamente, una cuestión de responsabilidad. Cuando tienes tantos ojos puestos encima las sombras no dejan de parecer mucho más largas a ojos de los demás, y más oscuras. Tu propia sombra es mucho más oscura que la que proyecta los demás. Tus errores, los que cometes, son mucho más errores que los de los demás. Por el mero hecho de que son menos llamativos.
Creía entenderlo, sin estar demasiado seguro. Era como si en ese momento precisase una traducción a un lenguaje que no estaba seguro de comprender del todo. Y también estaba la música, que había condecorado cada silencio incómodo al principio, cuando llegamos a casa y me di cuenta de lo que estaba ocurriendo y me arrepentí por no comprender el fin y sentí miedo y algo de vergüenza y más tarde acabé por comprender que alguna extraña magia me había cogido de la mano todo el tiempo, por los pasillos del club, por los baños del after, y me había conducido a aquel instante, a aquella conversación, a aquella persona anónima y sensiblemente virgen en el fondo. Virgen a su manera, con su cautela junto a la bicicleta de las responsabilidades amarradas a la puerta. Y descansé. Volando… con los dos. Volando los tres a diferentes niveles.

Pude notar como la cocaína contraía mis pupilas para expandirlas más tarde. Pude despreciar cada acorde que me distrajese de aquella conversación. Cualquier sonido.

El frío cedió a un calor denso y reconfortante. Ya eran casi las once. Y después de todo…
Sentado al borde del sofá, entre nosotros, hundió ligeramente la cabeza entre los hombros y exhalo con un sonido de hastío que vi reflejado en situaciones vividas, rendido con los brazos abiertos, se dejó precipitar en la conversación de espaldas.

-Nadie podría imaginar lo que he podido llegar a ver, o sentir,… nadie puede. Si supiesen – estalló en una sonora carcajada, para sí mismo. Nosotros ya no estábamos allí. Estaba él solo, hasta que volvió de pronto. Imagino que la cocaína también estaba sacudiendo sus entrañas del mismo modo- Supongo que nadie se creería que he sido desahuciado de mi casa, que mi padre jamás me perdonó por ser homosexual y que no me hablo con él desde que cumplí quince años, que me enamoré una sola vez en mi vida, una sola, y fue hace muchísimo tiempo, que no cejo en mi empeño de demostrarle al universo que merezco que me quieran por lo que soy… -su tono giró de la orgánica enumeración de cosas a una explicación de todo aquello- aunque claro, para ello debería de haber superado mis complejos y dejar de esconderme detrás de lo que quiero ser y tratar de ser un poco más realista con lo que soy….

Y un nuevo silencio. Y solo se escuchaba un piano surcando los bafles de la sala. Y volvió de nuevo, esta vez mirándome directamente a los ojos.

-¿Sabes lo que es llegar a tu casa y encontrarte un precinto en tu puerta y que no hayas podido ni siquiera sacar a tu perro?¿Que te encuentres un cartel de la policía diciendo que tu perro está en la perrera municipal y que no puedas entrar? Y tus cosas…. ¡¡¡ Pensar en que ha habido unos señores en tu casa hurgando entre tus calzoncillos y se han llevado a tu perro a la perrera ¡! Qué horror… -musitó, abstraído de nuevo. Por un momento, y volvió. Era un devenir de agua derramándose y volviendo al caudal. - ¡Se llevaron hasta al canario de mi vecina!

Me atraganté, regué la alfombra con el zumo de piña y el ron, estallé en una carcajada. El perro se incorporó sobresaltado, y se estiró un instante para encaramarse de nuevo en el hueco que mis piernas formaban con el sofá.

-¿El canario de tu qué?- pregunté entre carcajadas a la vez que me limpiaba el mentón con el dorso de la mano.

El me secundó cuando fue consciente de su propia comicidad.

-Sí, bueno, tenía apadrinado a un canario coñazo al que tenía que tapar por las noches con una toalla para engañarlo y que pensase que era de noche. Al final acabó hasta cayéndome bien el puto pájaro. Era eran de una vecina que se había ido a una historia de una misión en Senegal… o algo así. Ahora imagínate como el prometedor actor le cuenta a su vecina que su canario ha sido secuestrado por la policía y que piden un rescate que no puede pagar porque le da una vergüenza terrible. Candela, se llama. Le dije que lo había matado la asistenta porque se había dejado puesto el aire acondicionado….- amago de risa como el verano- y le dije que me había mudado, claro.

No quise preguntar el porqué de aquel episodio de su vida. Realmente no me creí con derecho a preguntar ni con el coraje de saber. El hecho es que se recostó en el respaldo del sofá, con la mirada perdida en un vacío familiar y demasiado personal. Y creo que los tres levitamos por unos minutos cubiertos de aquel silencio de terciopelo granate.

Por unos minutos que discurrían líquidos.

Los tres éramos mecidos por la música.

Ojos cerrándose.

Sueño, de algodón. Y una mano que se deslizó con cautela a mi lado y aferró la mía.

Estar en casa…. En la casa de alguien a quien hace muchos años que no ves y que has querido mucho. Una casa en la que has vivido, llena de recuerdos.

-Nadie conoce a nadie –mascullo en duermevela.


Tardé mucho tiempo en contestar, aunque quizás fueron tan solo dos o tres segundos.

-¿Por qué? –pregunté sin mirarlo, con los ojos cerrados. Lo escuché sonreír.

-Porqué salgo en la tele, y en la prensa- añadió con torpeza. Aunque ya no estaba conmigo. Estaba solo en un universo inmenso, o al menos así imaginé que se sentía, o quizás ya se hubiese quedado dormido – Y porque eso hace que mi sombra sea más oscura que la de los demás. Que la de vosotros.

Casi de inmediato, sentí como su respiración se hacía más espesa, y ya no recuerdo nada más salvo una mano sobre la mía.     

                Desperté bien entrada la tarde, con una postura incómoda y una punzada de dolor en el cuello. Mi novio yacía creando un siete casi perfecto con la mitad de su cuerpo balanceado en el linde del sofá, la mitad sobre la alfombra, y una ausencia.

                Me incorporé como pude. La música se había terminado hacía horas y la luz del día había conseguido trasvasar sin dificultad ahora la barrera de las persianas bajadas e inundaba de una manera grotesca e insultante cada recodo y cada pliegue del mobiliario. Me pareció obsceno que la realidad suela golpearte siempre en la boca del estómago en los momentos más inoportunos de tu vida para recordarte todas y cada una de las cosas de las que te arrepientes cuando esa luz misma que agradeces un jueves cualquiera te abofetea un domingo sacando las cuentas de todos tus excesos. Observé por un instante, desconcertado y algo culpable a mi alrededor. Creo que me avergüenza reconocer que esperaba una nota, o una última frase. Un recuerdo algo tangible al que volver en lugar de un montón de palabras que plasmar en un papel cuando quieres que todo permanezca fresco en tu memoria para siempre. Algún sitio al que volver que pudiera tocar.

                Me encaminé al baño, me lavé la cara con agua fría e inspeccione cada nuevo surco, cada ángulo de mi rostro para cerciorarme de que cualquier posible marca de la noche anterior podría difuminarse con algunas horas más de sueño. Oriné copiosamente de un color oscuro tratando de no hacer ruido, pero los recuerdos, las síntesis, las conclusiones, la necesidad imperiosa de los hombres por ordenar aquello que no comprenden en su cabeza afloraban como bandadas de pájaros que cambian de dirección con el viento del invierno en ciernes, en busca de aires más cálidos.

                No sé por qué, pero gracias (pensé). Gracias… Imagino que la gratitud que sentí se debía al simple hecho de haber vivido un momento semejante, del sonido de cada palabra que se dijo y el silencio de aquellas que no nos dijimos. Del color a sangre de una verdad latente en la que ni siquiera había reparado y por toda su luz. Por supuesto, gracias también por que no se quedó. No permaneció más tiempo que el suficiente para hacerme el último regalo de todos, que no era otro que el de poder atesorar un precioso recuerdo, de la postal nevada al otro lado de la ventana de una casa dibujada por ese momento conjunto.

Mientras tanto, en la tele encendida y sin volumen, anunciaban una nueva serie en una cadena nacional donde el, vestido de policía, rudo, con una mirada huraña y algo esquiva se protegía de los disparos de una mafia china (o algo así). Era universalmente guapo, era un gran actor con un rostro que reconoceríamos en cualquier cola de cualquier supermercado y le daríamos un codazo a nuestro acompañante al tiempo que susurrábamos “mira, el de tal serie, o tal otra”… aunque yo veía desde mi salón a un hombre tierno y algo solo que trataba desesperadamente de encontrar un sitio en el que quedarse, un hombre con defectos y virtudes conocidos y conocibles,… lo imaginaba ahora a media noche huyendo del barrio en bicicleta, tratando de llegar a casa. 

domingo, 2 de febrero de 2014

Cuenta Atrás

  Cuenta Atrás

   Es esta plaza, su perfume. El de la gente que pasa casi sobre mi respirando un aire distinto. Y parte de esas nubes como telas de difusos bordes contra un azul muy muy intenso que perfila los edificios. Abrir los brazos, como las alas de las palomas que despegan huyendo del gris asfalto mojado de la lluvia que ha caído hace un instante. Sacar la mano por la ventanilla del coche y dibujar siluetas en el aire. Respirar… es solo eso. Respirar.

    Vuelve aquí, aún no te has ido, vuelve aquí. Contemos las pisadas que nos han traido hasta el punto exacto en el que nos encontramos, en la cima de todo. Contémonos cuentos. Seamos niños desnudos corriendo por la arena. No tengas miedo, vuelve aquí. Son tus sesenta  y cinco fantasmas los que danzan alrededor de esa estela tuya de colores de otoño, no eres tu. No solo eres tu.

    Mirando a solas tras un enorme escaparte como el humo del café desfila creando caprichosas ninfas que caminan dando pequeños saltitos entre las risas del resto de la gente de este bar, a mi alrededor. El letargo de alguien durmiendo entre cartones en un portal. Un gato con el rabo tieso como una lanza, de pelaje suave. Se sienta, busca purgando con sus dientes entre sus zarpas. Y soy yo espiando una nueva herida sangrante en el envés de mi mano, esperando que el alma misma parezca dejar de írseme en cada palabra.

    No es tarde. Vuelve aquí. No te vayas. Esto no ha hecho más que empezar. Cabalgemos las olas que el tiempo azota contra la costa, buscando respuestas. Digamos “te quiero”. Lloremos las lágrimas saladas de cada vez que alguien nos rompió el corazón. Son mis cuarenta  y ocho promesas que nunca debí haber dicho con tal ligereza porque las promesas están para cumplirse.

    Son la multitud de rostros que no soportan la mirada y caminan entre lanas, tejanos, algodón, linos hacia algún lugar lejos de aquello que refleje una sombra semejante. Las disculpas algo fuera de tono por llegar fuera de tiempo en algún cobijo fuera, donde nadie puede verlas. Los ruidos de los coches decelerando ante un hombre vestido de negro atravesando un paso de cebra, pero detenido, estático, por haber perdido algo que es incapaz de recordar. Un “Sol Sontenido”. Un “Fa” descompuesto entre los labios.

    ¿Dónde estás?. Vuelve aquí. Tan solo podría darte lo que cabe en la cuenca de mis manos, el músculo más grande y más pequeño. Que late, que no es gran cosa, pero es tuyo. No te vayas. No me hagas repetir que no te vayas, porque cuando alguien parte nunca se marcha del todo, y deja un poso amargo al final de este vaso que he vaciado yo. Son veintiuna despedidas ya. Ni una más.

    Es el chasquido de un pestillo al abrirse, con su click, con su boom, como un gatillo. O el vaho al respirar contra la ventana de un autobús el que crea un lienzo sobre el que grabar un corazón con dos iniciales dentro. Cerrar los ojos, abrir las manos, llenar los pulmones. Caminar sobre las aguas. Morir de amor, por amor. Muchas veces. Es una sábana ondeando en una terraza como una bandera doméstica y tranquila.



    Vuelve aquí. No me dejes. Porque no quiero aprender el camino a esta casa nueva y distinta. Mi cuerpo es ya parte de un vacío inmenso que se revuelve buscando un contacto que no llega. Que no llena. Que no es nada… Y ya son diez días en silencio, y ya son seis llamadas sin respuesta y tres palabras  moribundas en el quicio de mi boca, y dos brazos que se abrazan al vacío… no te vayas, vuelve aquí.  No te vayas, pues me asusta que al volver sobre mis pasos descubra que en esta historia de amor creí  que compartimos, no hayamos nunca dormido dos, sino tan solo uno. 

domingo, 27 de octubre de 2013

SENTIR

Sentir

Sentir que aún respire. Que mis pulmones se hinchan y sentir el peso, la cadencia.

Sentir el peso de la sangre que brota a borbotones de las yemas de mis dedos, sentir el pulso, y sonreír, bajo la brisa de la tarde que se muere lentamente, como los sabios de una eterna tarde de otoño.

Sentir cada recuerdo como alfileres, cada beso como el último, cada orgasmo como el primero. Y abrir los brazos. Rendirse a la humilde frescura de esa nada intensa que a todos nosotros nos absorbe, nos respirar. Sentir no sentir nada, por un leve instante antes de que todo vuelva al origen del principio, de cada uno de los universales principios.

Y así me rebelo, de una forma relajada sobre las sabanas en tu cuerpo inmenso, baja cada pliegue aleatorio de tu cuerpo, en tu cuerpo, en todo tu cuerpo. Sonrío, y así me quejo y me incómodo. Desdibujando sombras de grafito y de carbón… creando espectros.

Sentir. Tu dedo sobre mi espalda, tu cuerpo en el mío, bebiendo siendo ciervo en la ribera de cada uno de nuestros deseos… de esos que nunca revelamos, tan solo cuando a solas los muslos, y los quehaceres se desdibujan en el intenso ene agrama del “para siempre”.

Respiro, lleno los pulmones de la bruma emanada de cada respirar distinto y nuevo, de cada melodía. Y las cuerdas vibran, los palpitares entretejen una costura difusa entre las nubes. Y las palabras no surgen, y yo siento. Yo…. Tan solo siento.

Cierro los ojos, busco en algún lugar extraño, tatuado, el mapa del tesoro prometido, titilante en la inmensidad de un océano azul oscuro de gentes que sienten, que palpitan. Y corro desnudo por la estepa de cada ambigüedad que ni tu ni yo decimos por no comprometernos.


Cuando la luz de la mañana atraviesa como una flecha las cortinas que embelesan la ventana de una casa nuestra. Y al abrir mis ojos, tu estás ahí, en silencio, tu respirar denso, la cumbre de tu pecho asciende y desciende bajo el propio peso, preguntándome yo donde estarás, que odiseas has propuesto conquistar en el silencio de un cuarto en penumbra, mas lejos de todos, tan lejos de mi…

Es solo abrir con calma el sobre de las buenas noticias, acariciar el plumaje del revés de un ave de estación con el ala rota. Es cerrar cada pensamiento al golpe de cada ola en los tobillos sobre la arena límpida de una playa de invierno. El abrir los brazos a la claridad de un torpe fuego en el medio de la oscura nada. De la oscura sombra, de ti y de mi… de cada uno de nosotros.

Porque sintiendo así camino, niño eterno con los ojos vendados y una vara entre las manos, buscando el premio, cuando cada cual se ha ido a su hambrienta casa de guirnaldas y trofeos demasiado personales para ser compartidos.


…y yo, que solo siento, me desnudo, tiemblo… y te echo de menos en cada verso.

lunes, 26 de agosto de 2013

LAS CIGARRAS


 

A esa gran señora que era mi abuela, aunque nunca lo supe del todo hasta ahora. Gracias Isabel, por todo lo que me has dado.

                Vuelvo a ti; a nosotros, a ese sacrosanto lugar nuestro, tuyo y mío… aunque también vuelan bajo las cigarras.
                Y al sentarme a tu lado juego con la mirada perdida a naufragar de tu mano sobre en oleaje de esos inmensos océanos amarillos, de siembra de secano. Ocres, tostados campos que se pierden mucho más allá de donde alcanza la vista…. Y al fondo, alguna casa tímida y obesa, blanca, teatralmente deforme, como buscando cobijo de la solana bajo algún olivo, o por el contrario, deseando desnudarse de la cal y de las tejas que la visten para así correr ladera abajo entre el centeno, y el trigo, y los girasoles.  Siempre me han parecido un pequeño rebaño que tu vigilas desde lo alto, bajo la sombra de las encinas esculpidas al azar por un tiempo pesado, caluroso… Y está bien sentirse así a tu lado como nunca antes hemos estado hasta ahora, con el sol rascándonos las pieles.
                He traido “el libro de los domingos”. Esta vez es una novela algo banal, predecible en ocasiones pero que habla de ti, y de mi, y de gente como nosotros. Nunca creíste en la República. Siempre me llamas “rojo”, mientras sonríes  con ese gesto tan tuyo que me hace saber que para ti no soy más que El Principito caminando a través  de una bandada de cuervos. Y yo me acerco al juego, porque me gusta que pienses que no he perdido eso que de chico hacía que ese gesto tuyo ya comenzase a perfilarse. “Pobre chico, mi niño, pobre, pobre…” mascullas al cuello de tu blusón negro de punto mientras pellizcas con dulzura mi mejilla. Porque ya no puedes leer, y te encantaba, de joven, pero ahora todos los años han golpeado tus cuencas y velado tus ojos… Pero no has perdido ese aliento tan tuyo, de amazona.
                Me siento a tu lado, como digo, y comienzo a leer, solos tu y yo y las cigarras… pero al terminar el prólogo me detengo. Trato de adivinar en que estarás pensando. Que recuerdo fatuo ha asaltado de pronto tu memoria que es no otra cosa que un baúl donde nunca llegaré a desvelar cuan misterioso y capaz puede llegar a ser. Nunca, nunca podre llegar a imaginar que es lo que sueñas en esos sueños tuyos que tienes y no dices. Pero hay demasiado silencio para una habitación tan grande, y tus manos de anciana, con manchas y lunares, que son mapas, tiemblan ahora.
                A si que dejo el libro a nuestro lado medio abierto para que el viento sacuda con el ímpetu perezoso del mes de agosto las páginas en blanco, y soy yo quien cierra los ojos para poder recordar más vivamente el sentido de tu tacto. Y recorro con la punta de mis dedos los surcos de tu cara, los huesos prominentes del mentón, esa mandíbula ancha, poderosa, tan tuya y por lo tanto tan mía ahora. Juego con mi dedo índice entre los rizos que se escabullen a mi tacto en el cuello de tu ropa. Cierro los ojos para poder olerte otra vez en contra del perfume de los almendros y los cerezos ya cansados por un verano que desfallece, y tu aroma es el de los vinos de barrica, y las gachas, del tabaco Nobel, y la naftalina en los armarios, y las alcachofas hirviendo a fuego lento en la cazuela de porcelana desconchada en los bordes, y aquella fragancia comprada en aquella tienda que feneció en la calle Pez bajo el insoportable peso de las grandes marcas, y los Grandes Almacenes, aquella que se compraba por litros y se fabricaba en la farmacia que hay en donde muere Espíritu Santo con San Bernardo, aquel aroma que impregnaba la ropa de cama, y la lencería con las gomas dadas de si, y tu pelo. Tienes el olor de las Cosas Buenas. De las Cosas de Verdad.
                ¿Me has tocado? ¿Has cogido mi mano? ¿O es el viento?. Solo se que has abierto los ojos un instante tan breve como un leve suspiro, que es el último de todos, tan tan breve que apenas puedo distinguir mi propia mirada como espejo de la tuya… y por fin caigo en cuenta de que color son mis ojos. Azules. De un azul que solo tu sabrías dibujar sobre un papel en blanco. Los que heredó mi padre, y los que ambos me regalasteis. Unos ojos tuyos más rápidos que la velocidad de la luz, y que vieron tantas cosas que me aterra el pensar que no me has dado tiempo para preguntarte todo aquello que ahora de verdad necesitaría me contases. Pero no dices nada. Solo que esa mirada sella los labios de sus párpados y se pierde en algún punto de tus tierras, en el Cerro Gordo, o abajo en la Zarza, o en un amor que ya no está y que por primera vez te has dado cuenta no volverá a encontrarse en la palma de tu mano.
                Y es que las tardes de este Agosto son muy duras, y casi desesperadas en La Mancha, con este sol implacable sobre nuestras cabezas. Y solo queda la eternidad del tiempo por delante.
                Pero todo ha terminado ya, o por la contra, todo acaba de empezar, con las cenizas de una vida entera  esparcidas en el aire, tras la silenciosa procesión de cuatro personas que caminan una mañana de verano entre los arbustos y que no saben muy bien que decir: tu hijo, tus nietos, tu nuera… sin más ruido que el crepitar de ocho pies que se prometen por entonces no olvidar ni una sola de las piedras del camino o de las pisadas. Ni un aroma, ni un solo sonido… solo arañazos del follaje en los tobillos y el polvo que levantan. Polvo al polvo. Cenizas a las cenizas… ojala pudiese ofrecerte un cigarrillo.
                Aunque finalmente estamos ahora aquí tu y yo, solos, nosotros solos sin nada más que toda una tarde por delante, un libro que no leíste y que hoy por hoy quiero compartir contigo, no se si por fastidiarte como me gustaba hacer antaño, o porque ahora resulta mucho más fácil decirte quien creo que soy realmente. Tu y yo. Yo… y una cruz de mármol en la atalaya desde la que observas la estepa de tus tierras areniscas, arcillosas, de almendros, de olivos, de encinas, de promesas amarillas,  bajo la lluvia de lanzas de un sol encarnizado que araña la piel y la curte, y la oscurece, cada paso de un rebaño tuyo y solo tuyo, que es el pueblo,  con la sabiduría de aquellos que saben demasiadas cosas y han hablado demasiado poco.
                Y olvidaba las cigarras. Que son violinistas quebrados, moribundos tratando con un canto desesperado de recordarle al mundo que aún no te has ido del todo.

domingo, 16 de junio de 2013

COMPROMETERSE

Comprometerse
Rara vez nos acordamos del momento exacto en el que hemos conocido a alguien.
Si de aquella anécdota que compartimos o de aquella frase que pronunció  en un momento acrónico y algo inoportuno  que hizo saltar ciertas barreras y voló por los aires algunos diques que nos contenían. Pero del momento preciso en el que lo vimos por primera vez… Rara vez.
Pero en este caso, si. Fue hace ocho años.  Era una mañana de Domingo, o debería de decir para ser preciso que era bien avanzada la mañana y en cuanto que el Sol se ajusta el nudo de la corbata y se dispone a dar de si cuanto se le ha pedido después de un extraño invierno de muchas nieves que regaló aquel Jardín de Sabatini escarchado y melancólico. Iba él con su perra, iba yo con mi perro, camino al Templo de Deboth, y con el que por aquel entonces era mi novio ahora ajeno y parte de un pasado cenagoso. Nos saludamos en el paso de cebra que hay al final de la Plaza España. Era un rostro como el de cualquier otro. Era yo una persona más que cruzaba un paso de cebra en el vientre de una ciudad como esta, anónima, desnuda, hambrienta… Pero quiso el destino, o la providencia, o la mera casualidad que aquellos encuentros se repitiesen en el tiempo, y los largos paseos con nuestros perros por el Parque del Oeste, se convirtieron en pequeños cofrecitos de confidencias, de intercambios donde fuimos cambiando como se hace con cromos de jugadores de Football pequeños secretos, inquietudes,…  Ahora te digo que muchos de aquellos encuentros no fueron casuales en el riguroso sentido de la palabra. Siempre admiré tu facilidad para relacionarte, tu afabilidad y tu empatía en todas nuestras conversaciones y como establecías lazos aparentemente triviales con la “gente del Parque”, cosa que yo nunca supe hacer con la soltura que parecía envolverte a cada palabra o a cada guiño. Muchos de aquellos encuentros no fueron casuales. De un modo u otro, sin saberlo si quiera, te buscaba…
Y quiso el Destino, que es caprichoso, o la providencia, que nos separásemos con la suavidad con la que se retraen las mareas en el Otoño. No pensé en ti durante años. Estoy seguro que tu tampoco lo hiciste en mi salvo quizás por pequeñas rúbricas caprichosas de la memoria donde veía a un perro semejante a Reina, y recordaba a aquel hombrecito cálido y nervioso que había conocido una vez, y que con su mirada acariciaba sus palabras y sus actos en el sentido del vello, contagiando de serenidad, una serenidad caprichosa y compleja, todo aquello que tocaba. Entonces afloraba un recuerdo, que se desvanecía en el aire al soplar sobre él, pero que no desaparecía del todo, dejaba un aroma a polen y a lavanda que aún hoy reconozco.
Pero como digo… el Destino es caprichoso. Desfilaron más inviernos, más veranos, estaciones propias, nuestras,  incluso. Adoptaste a Golfo, dejé a mi novio, dejaste al tuyo. Conocí a alguien. Tu también….Desde un silencio o un letargo que poco sabía de lo que vendría después.  Y quiso el destino que nuestros caminos volviesen a confluir una mañana ambiciosa en la que alguien conoció a alguien que conocía a alguien que volvió a colocarme sobre la seda de un camino común. Pero es curioso. El destino juega sus cartas de un modo a veces infantil, puesto que en esta ocasión, fue el mismo el que nos brindó la oportunidad de abrazar la idea de no volver a separarnos. Y lo hicimos. La abrazamos con tanta fuerza que cada día era un día distinto a nuestros ojos, que quizás sin el pesado bagaje de un dolor intenso con el que cargábamos, sin darnos cuenta, nos permitió volar y llegar millas más lejos.  Cuando te empezaste a convertir en alguien absolutamente indispensable en mi vida. Comenzaron las risas, más sinceras ahora, mas abiertas y espontaneas. Quedamos, varias, muchas veces, ajenos a los actores secundarios que sin saberlo confabularon a una eternidad que pocos conocen. Ron, Adrián…. Cuan agradecido puedo llegar a estar a vosotros que sin daros cuenta, me habéis brindado un verdadero hermano. 
Mario, ahora estas aquí, te conozco, te reconozco, te huelo y te siento. Te abrazo, me despierto contigo, te siento, palpitas en alguna parte de mi mismo cuyas alas se han desplegado y no cesan de abatirse contra el viento de las casualidades que el destino nos brinda de un modo casual… o quizás esto era inevitable que ocurriese. Eres mucho más que mi amigo. Eres mucho más que mi sangre. Y vino Budapest, aquel día del resto de mi vida en la que jugué todo a una carta en la que perdí todo lo que me quedaba menos a ti. Y me salvaste la vida. Y está Olafur, y las cenas de los jueves, y muchas mas  cenas, y secretos que solo tu y yo sabemos, y nadie más. Nadie más. Eso nos hace distintos y eternos. Has hecho posible lo imposible. Has hecho realidad la fantasía.  
Te marchas. No va a haber lágrimas suficientes para llorarte, como no van a existir palabras en este lenguaje ni en todas las lenguas del mundo, ni mundos suficientes, para darte las gracias por existir, por “dejarme entrar”, por estar ahí, quedarte y quererme. Y siempre voy a estar aquí para ti. Porque sin cargas te has puesto en mi camino y sin complejos diría que soy un necio si  soy capaz de concebir que el futuro pueda existir si tu no existes.
Esto es otro nuevo principio al que todos nosotros estamos demasiado acostumbrados. No voy jamás a soltar tu mano. Porque, ya sabes… el Destino es caprichoso y tiene una muy extraña manera de comprometernos.

sábado, 8 de junio de 2013

La Caida de una Lágrima

La caída de una lagrima brota de una rojiza iridiscencia, igual que un amanecer teñido en sangre. Lentamente, casi sin proponérselo, la pasión del ojo se condensa contra el cristal de la mirada que se torva, y hay un latir extraño, nada violento.
Nace del vientre de una emoción fatua que presiona una tecla, emitiendo una nota indescifrable. Se contrae una milésima de segundo como preparándose para un gran salto, estremecido y arto melancólico. Y resulta que todos los temores se convierten súbitamente en una sustancia tibia y salina, que tiene mareas, que se deslizan y se visten con la luna sobre la arena de unas mejillas enrojecidas de pronto, pero tras un incisivo trabajo de pasados que convergen y futuros no esperados, aunque plácidos,  aunque livianos y transparentes.
Se va llenando, el ojo, su comisura incontenible.  En un fluir incesante, constante, con cada recuerdo se llena, se colma de un flujo salado que oscila entre las pestañas, bajo los párpados algo cansados que hasta a veces niegan esa luz que el llorar proporciona. Un brillo incontestable, quebradizo que parece reflejar mil historias que acarician y estimulan un punto atrás, muy atrás en la mirada que se ha vuelto tímida y algo esquiva, como un la yema de un dedo sobre un pezón que lo describe, al igual que la punta de la lengua busca el agua de la lluvia en el otoño.
Y si bien algo lucha desesperadamente por evitar lo inevitable, otra parte, la más sincera, se entrega desnuda a cada paso hacia ese abismo ahogado en la garganta y en el cuerpo que tiembla hambriento de ser sostenido. Parece hasta que la temperatura sube unos grados, que los músculos del rostro, del mentón , se contraen y distensionan en unas contracciones que alumbran una emoción incapaz ya de mantener secreta, escondida, gritando por salir.
Es entonces, una vez hemos dejado lacios los brazos paralelos al cuerpo caer en cascada y nos entregamos como niños al abrazo de la madre en una tormenta cuando el dique revienta y se desborda… y es un orgasmo más, el honesto orgasmo de las caricias que gorgotean en la densidad del alma. Y aprendemos a volar. Y lloramos. A gusto, tranquilos, con hipo, y todas las sangres de todas las vidas que encerramos manan libres, lavando, enjuagando nuestros terrores. Y estamos vivos, mientras la oleada de sal y de corales brama desconsolada, arañando la mugre y la soledad adherida a la ternura. Fluye el agua, la marea asciende, con su chasquido. Los delfines de nuestra mirada cabalgan cada sentimiento desbordado, incontenible, surcando las mejillas, abriéndose paso y recordándonos todo lo sinceros que podemos llegar a ser. Estallan las barreras. Los diques se vuelven inservibles. Nada mas se puede hacer que llorar, y dejarse sentir, y desnudarse, y amarse mucho… porque siempre he sabido respetar a quienes son capaces de llorar a mi edad.
Pero luego, en esa calma que llega al igual que una media trepando por una pierna, con el rostro en llamas y abotargado por el llanto, todo se cubre por un silencio incómodo. De una sensación de desconsuelo y fragilidad, ora ridículo, ora endeble como una hoja de fresno en el meandro de un río.
Porque hemos sido durante un instante lo que realmente somos, con nuestra fortaleza de derramarnos ante un extraño, con la vehemencia de alguien que necesita de otra sombra como la suya, con la insoportable levedad del ser mismo, ante todos los demás.
Y, por el amor de Dios….¡¡que poco acostumbrados estamos a ser, en el fondo, lo que realmente somos!!
http://www.youtube.com/watch?v=_O-WHevzCR8

miércoles, 5 de junio de 2013

Las Alas Rotas

Las heridas.
Esas heridas tatuadas que cicatrizan con la pereza de una época lejana pero constantemente presente son las que nos hacen. Nos dibujan.
Y no puedo creer cuan hambriento estaba, tan cansado. Cuanto deseaba un cuerpo en el jardín que llamase a la puerta. Pero son estas mismas heridas que cubro con la manga de la camisa en cada cita.
Y tu… que cruzas la verja que chirria de abandono en el quicio de la puerta. Y me siento un naufrago perdido en el confín de cada uno de los sentimientos que padecía y que florecen ahora, temerosos, en el limbo de un no puedo emergido del borde de mis labios.
Sonríes.
Tiendes la mano que temo morder por miedo a las heridas, porque tu mirada es el mar que miles de poemas han citado y en el que ya no creo. O si, es irrelevante.
Las heridas que han dejado cien puertos a mi paso, latigazos a mi espalda que recuerdan los errores que sin querer, queriendo he cometido y me lamento, y me enternezco  entre las sombras de una noche sin luna y sin estrellas, hasta que llegas y tiendes una mano humilde, que me estremece, que temo arrancar como el  ahogado al que nada que más le quedaba que dejar por fin de soñar y dormir de nuevo, como nunca antes, ante una realidad con un filo dentado sobre el cuello.
Y sonrío…con la rabia de creer haberme despojado con cada lágrima de aquello que soñaba encontrar y ya he perdido. Pero está. Y no se ha ido.
Y no hay reloj ya, porque el tiempo nace de entre tus manos. Ya no hay tic-tac. Ya no hay ding-dong. Solo presente. Y un plumón en la campana de la cocina que me recuerda a las palomas que siempre han sobrevolado mi cabeza cuando algo realmente importa. Siempre palomas, en Febrero, en Junio, en el ocaso.
Y tu, que amas un a ángel impoluto, sin las heridas que relatan una historia trepidantemente exhausta de emoción. Un ángel que ha vertido sus promesas en un lago en el que esperas nadaremos desnudos y en silencio, con la única compañía de un futuro de aceitunas y puestas de sol, pero el sol puede apagarse.

Prométeme, entonces, que curarás mis heridas. Prométeme que cerrarás los ojos. Prométeme que las palomas volaran siempre sobre nuestras cabezas . Que aún no es tarde, que eres tu, que soy capaz, que se volar. Que me harás volar, de nuevo, en las tormentas, mientras al dormir me abrazas por la espalda y me doy cuenta de que las heridas son no más que mi personal mapa del mundo. Y que ahora empieza el nuestro.
El nuestro.
Y que no te irás, pese a estar tratando inevitablemente de volar a la sombra de ese angel que imaginas, pero que sin embargo tiene ya las alas rotas