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Imagen desde el espejo

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Retrato de Jackie Nuñez... una gran amiga y una mejor artista

martes, 23 de septiembre de 2014

Mariposas

Todo acaba en silencio. A todo le precede una capa de silencio que como una telilla invisible para el mundo  recubre todos los momentos de una vida.

Existe el silencio que brota del cerrar la llave de un grifo cuando el agua deja de manar, o el silencio de una puerta que deja fuera todo el estruendo de una calle del centro, o el que nace al apagar el despertador, o el silencio de cuando alguien muere y emana de su cuerpo su último hálito antes justo de la calma de algodón, y el de los pasos al detenerse. El de las despedidas.

Y siempre parece que el ruido al que préstamos nuestra máxima atención acaba haciendo de menos al silencio sin el que el ruido en sí mismo no sería absolutamente nada. Sin el silencio mismo, ni si quiera existirían las palabras.  

Pero la vida de Yago Turdón estaba por si sola tan cuajada de silencios que para el hubiese sido una proeza el que aquel incisivo y ácido nuevo silencio, ausencia de sonidos y de palabras, hubiese pasado inadvertido. Y era el silencio de las "no cosas",  de las "no respuestas".... Del futuro.

                Y el futuro había caído sobre la loma de su cabeza tupida de rizos rubios como una manzana madura en otoño, con un silencio ampuloso, casi rotundo… ensordecedor.

                Se sentó en penumbra justo al borde de la cama, acarició con la palma abierta la colcha color granate a juego con las paredes recubiertas de una madera osca e irregular llena de imperfecciones. Una habitación amplia pero a la vez profundamente íntima y familiar, oscura por la absoluta carencia de ventanas salvo por una puerta acristalada que conducía a un pequeño patio de luces del que salían sonidos, extraños, de idiomas lejanos, y llantos (una niña pequeña no cesaba de llorar mientras una voz de hombre entonaba una nana hindú– rubricas que giraban en torno a un silencio que cobraba un absoluto protagonismo). Por un instante Yago pensó en un útero, y se vio extrañamente tumbado en aquella cama, solo y desnudo en posición fetal con las piernas plegadas sobre el pecho y el pulgar en la boca. Y podría haber permanecido a salvo en esa postura el resto de su vida, rodeado de aquella madera, de aquellos sonidos como pulsaciones rítmicas de las notas negras de un piano. Hubiese pasado así el resto de su vida sintiendo como aquella colcha se enredaba en su cuerpo formando pliegues complicados, como aquella cama lo abrazaba… chupándose el pulgar.

                Ese fue el momento más íntimo que había llegado a tener delante de alguien. Mucho más allá de las noches llenas de sudores y gemidos o de las mañanas envueltas en latex, y cafés amargos con las prisas de abandonar casas ajenas. Aquella casa pequeña en el centro era la suya. Lo supo en seguida… podría llegar incluso a decir que lo supo en cuanto escucho la voz cuarteada de su casera al otro lado del teléfono, que era como acariciar un cuero curtido con la yema de los dedos. Y al bajar del vagón del metro en Lavapies, y al esperar en el portal impaciente habiendo llegado con casi descortés antelación a la cita. Aquello era… distinto. Mucho más real, más entregado, tremendamente sutil y nada violento.

Había llegado.

Arantxa, la propietaria, le había advertido al teléfono que ella no podría ir a enseñarle la casa por asuntos personales, pero que una amiga suya iría en su lugar. Elisa, una amiga suya tan singular como la conversación que mantuvo con la que sería su casera y que duró no más de quince minutos. Yago temió resultar desesperado, y de hecho lo resultó ciertamente, porque le advirtió incluso, encerrado en una sala de reuniones de su oficina, que quería aquella casa hipnótica de ambiente ambarino, de techos de madera tan altos para un espacio pequeño, incluso antes de visitarla. Arantxa no dejó de reir durante toda aquella conversación con su risa de color amarillo.

-Bien, bien… -lo interrumpió algo escéptica- pero creo que antes de estar tan seguro deberías de verla primero. Es pequeña, no tiene luz… la Comunidad es bastante peculiar, pero eso sí, está en pleno centro.

Yago se percató por primera vez de lo aferrado que estaba a aquella posibilidad y trato nuevamente, y con bastante torpeza, de decelerar un poco en su entusiasmo.

-Claro, claro- inquirió modulando ligeramente la voz para dotarla de una distancia que ya no tenía ningún sentido- puede ser que no me guste. Pero lo veo difícil. Te pido por favor que sea el primero en verla. En caso de que no me guste seguro que tienes a decenas de posibles inquilinos… pero por favor, déjame a mi ser el primero en decidir si es lo que quiero o no.

Y de nuevo se creó un silencio entre los dos que hablaba mucho más que el torrente  que ambos se intercambiaron al otro lado de la línea. Ese silencio en el que acaban las conversaciones en las que lo más importante no es preciso decirlo con palabras. El que pasa desapercibido, pero el que todo dice y que es tan revelador. Porque todo acaba en silencio. Y todo empieza rompiéndolo.

Eran las seis y veintiuno. Yago saltó del vagón de metro de la línea 3 en Lavapies cargado de nerviosismo con un papel donde aparecía una dirección escrita en principio intrascendente, una calle y un número más. Pero Lavapies tiene un espíritu sobrecogedor que nadie entiende si no lo visita. Es el intestino de una ciudad donde todo es, a su manera, trascendente. Hacía un sol de justicia.

El hambre, la curiosidad, hizo que su mirada vacilase de derecha a izquierda en todo el trayecto. Se entrometió de lleno en la plaza sin escrúpulos, mirando a los sudamericanos que pasaban las horas sentados bebiendo vino de brick en los bancos, a los negros que vendían marihuana y que lo asaltaron con chasquidos de lengua y silbiditos discretos para atraer su atención en la esquina de Olivar con Ave María. Consultó nuevamente el papel bajo un sol abrasador que le hacía entrecerrar los ojos, y subió por Lavapies atravesando las terrazas de comida hindú a la vez que rechazaba propuestas de los camareros cuyo cometido era abordar a los turistas para atraerlos a sus negocios. Él no se sintió de allí inmediatamente. Un chico de provincias viviendo rodeado de negros camellos de hashis, moros, rastas y hombres y mujeres trajeados que volvían de sus despachos…. Pero de pronto se dio cuenta, flotando en su silencio encuadrado en ruidos de negocios, de fruteros y taxistas, de tiendas de barrio, ultramarinos, casquerías, lecherías y bodegas, que nunca pensó hubiesen aguantado a la presión de los grandes almacenes, que, simplemente, allí, en aquella pequeña parcela del planeta, había lugar para todos y que convivían con una estridente armonía cuasi perfecta.

Localizó Mesón de Paredes, consultó nuevamente la pequeña nota entre sus manos, ascendió pasando frente a tiendas de saris y teteras de estaño, y dulces de pistacho y hojaldre, y mayoristas de bisutería, cruzó la Plaza Nelson Mandela con todas aquellas banderas de la Republica ondeando en las fachadas de los edificios, menos una, la bandera nacional, entre tanto malva, lo que le arrastro una sonrisa interior al darse cuenta de que tanto nacionales como republicanos podían exhibir sus ideales en la misma fachada y luego pedirse una tacita de sal al compartir escalera.

Hasta el 24 de Mesón de Paredes.

Volvió a consultar el papel, corroboró la dirección y comprobó la hora en el teléfono móvil. Las seis y veintiocho.

Llamó al timbre indicado en la oferta. Esperó impaciente, pero nadie abrió.

Esperó unos segundos que le parecieron prudencialmente absurdos antes de volver a tocar el timbre. No respondió nadie.

Entonces le asaltó el pensamiento de que quizás alguien hubiese tenido la misma idea que él y hubiese llegado algo antes, y mientras el aporreaba el portero automático la peculiar amiga de la propietaria estaba precisamente en ese instante mostrándoselo a una pareja de hippies que lo señalarían antes de que el tuviese tiempo para llegar al recibidor y un sueño más se hubiese quedado en la puerta de un edificio cualquiera restregándose los pies contra el felpudo, sin llegar a pasar jamás. Luego llegarían los “lo siento de verás” “ya lo han señalizado” “han llegado antes” “cuanto lo siento”. Era algo que reconocía de antaño.

A si que volvió a llamar, una vez más, dos, tres…

            Pero aquella criatura de aspecto indefenso se acercaba tan ensimismada en sus propios asuntos bajando la calle desde Tirso se Molina. No hacía falta prestar demasiada atención para distinguirla entre la multitud, que caminaba quizás igual de alienada que ella. Pero ella era diferente al resto. La cara cuarteada por el sol, y las miles de marcas de expresión que adivinaban se había reido, había llorado, había gritado y se había retorcido de placer y de dolor millones de veces, unos pantalones de lino crudo con el tiro tan bajo que casi rozaba los tobillos… una camiseta de tirantes que dejaban al descubierto sus brazos aún fuerte para una mujer de edad tan indefinida que podría encontrarse entre los 40 a los 70, y bronceados. Y aquel pelo blanco como la leche o la cara vista de la luna, frondoso, casi concupiscente. Era una mujer tremendamente atractiva aquella, con el reflejo en la mirada de ojos de un azul gélido y punzante de haberlo vivido todo, y seguir esperando vivir el resto. Caminaba hacia el con pasitos cortos como puntos suspensivos, mirando al suelo, con su mochila multicolor a la espalda.

                A tan solo veinte metros de aquel portal, en una calle cualquiera del centro donde la gente apenas se conoce y ni siquiera intuye las mil historias que simultáneamente ocurren a su alrededor, aquel ser mitad mujer mitad ave de paso, mitad mariposa levantó la vista del suelo y sonrió con la sonrisa más franca que Yago pudo haber visto hasta ese día. No podía ser otra. Le devolvió la sonrisa, y empezó a caminar hacia ella.

                Sin apenas darse cuenta sus pasos, los de ambos, empezaron a acelerarse, y las zancadas abarcaron más y más camino. Sin saber porqué. Sin entender que movimiento cósmico hacía que casi corriesen el uno hacia el otro, y como ocurre muy muy pocas veces en la vida, al llegar uno frente al otro, se detuvieron un instante, el silencio tejió una tela feroz alrededor de ambos separándolos de los testigos mudos de aquella escena… y se abrazaron.

                Fue un abrazo de los que se le da a un hermano, o a un amante al que hace años que no ves, con todo el cuerpo, apoyando la cabeza en el hueco que crea el hombro y la clavícula. Olía a Sandalo, a un lugar muy lejos de allí. Se miraron un segundo más a los ojos incrédulos de lo que giraba en torno suyo y dentro de cada uno de ellos, se cogieron ambas cabezas con las manos… y se separaron.

                -Tu debes de ser Yago. Tienes que ser Yago.

                Se rieron sintiéndose dos niños que descubren por primera vez el sexo y todo su sentido, algo tímidos y sobrepasados de la magia

                -Si, soy yo. Te imaginaba exactamente así.

                Elisa rió con una carcajada franquisima.

                - Seguro que si… Vamos, te enseño el piso- la escucho mientras buscaba la llave del portal de entre un manojo inmenso dentro de una riñonera de cuero colgada de la cadera. Ambos pasaron a una oscuridad algo lúgubre que se extendía a un patio interior donde la luz entraba casi en perpendicular por la hora del día.

            El piso era un pequeño bajo interior sin ventanas de un edificio de no más de 20 viviendas en una finca llena de ruidos y aromas exóticos. Llegaron sonidos de folcklore africano, fragancias a curri y especias arabescas, voces de niños y gritos de madres en idiomas no conocidos…. Tenía una distribución extraña. Al abrir la puerta la cocina te saludaba con dignidad, pequeña pero totalmente equipada, y al atravesarla dabas a un pequeño salón decorado con el gusto de alguien que siempre está de paso, como un hotel o esos apartamentos que se alquilan por días a turistas que quieren impregnarse dela vida del centro y de las verdaderas costumbres de gente que vive en la caótica armonía intestina de una ciudad como aquella. Yago se detuvo un instante en el centro mismo del salón, saludando a la casa que le devolvió el saludo. Un pequeño sofá, una mesita baja, un mueble estilo portugués en la pared de en frente donde descansaba una televisión de treinta y dos pulgadas y una enorme estantería vacía, lo que la hacía parecer si cabe más grande y una puerta que conducía al dormitorio de matrimonio prácticamente tomado por una cama de proporciones descomunales, y un armario tan descomunal para un piso pequeño. Más allá, una puerta conducía al baño, suficiente.

                Tras esta vaga descripción quizás alguien pueda pensar que la casa no tenía nada especial, pero lo tenía. Vaya si lo tenía. La casa respiraba, hablaba, abrazaba.  Y así se sentía Yago en medio de aquel salón, se sintió una pequeña semilla, la semilla de algo en las cuencas que formaban unas manos vacías.

                Elisa lo observaba, cada proceso en silencio, descifrando el mensaje codificado de la mirada de Yago que barria sin decir nada cada recodo. Abrió la puerta del dormitorio, se sentó en el borde de la cama, acarició la suavidad de aquel edredón color sangre…

                Y rompió a llorar.

                Las lagrimas vinieron primero silenciosas de algún lugar al fondo de su garganta, sin hacer ningún sonido, discretas, pidiendo permiso, como un dique que empieza a perder la contención antaño protectora e indecente del llanto no llorado. A raudales, más tarde, tras un chasquido que arrastro a su vez hormigón, cableado, arboledas, ignorando los meandros del río por el que hasta entonces y desde hacía muchísimos años habían surcado tímidamente cada sentimiento, cada decepción, cada soledad y cada sombra. Se encogio, se plegó sobre si mismo con el canto de los puños clavados en las cuencas queriendo sacarse los ojos, con tal fuerza que tras los parpados húmedos solo pudo ver rojo. Lloró desconsolado segundos que se volvieron minutos enteros, obvió el cambio de peso sobre el colchón a su lado, la mano que lentamente se posaba sobre su muslo y que lo rescató de aquel estado. Tras sorber los mocos y las lagrimas sonoramente, respiró con cansancio y levantó la cabeza.

                -Me lo quedo- dijo con una voz gutural.

                Entre las cortinas empapadas que formaban sus pestañas, acertó a ver (o imaginar) la sonrisa de Elisa que sin preguntas, sin más indagaciones ni búsquedas, lo sonreía.

                -Bienvenido a casa- respondió ella ejerciendo cierta presión de su mano sobre su pierna.


                En ese momento, Yago pensó durante un fugaz instante que aquella mujer de facciones severas del esfuerzo que había supuesto llevar una mochila que el jamás hubiese podido adivinar, que Elisa era la persona más fascinante y más hermosa que había visto en su vida.

domingo, 1 de junio de 2014

Linea 3

                                                                LINEA 3

El metro avanza como un enorme gusano, un arañazo heroico que araña la tierra, abre surcos desgajando con su sonido metálico el eterno silencio que a las 07:30 de la mañana cubre como un manto una ciudad que se despierta con pereza. Lo araña devolviendo en su lomo de cristal ahumado los reflejos de caras cansadas, somnolientas, soldados en pie, peones de un ajedrez enorme de una ciudad enorme, bajo los neones, dilatando y transfigurando sombras y siluetas.

El mantiene un maletín aferrado con su mano izquierda, prolongación de su cuerpo propio. Un libro de bolsillo en la derecha. Una bolsa de papel con el tupper del almuerzo. Sintiéndose igualmente parte incómoda de aquel ejército antes de la rutina de movimientos de una puerta deslizante que se abre, de unos cuerpos que se arrastran al interior de un vagón, de una luz geométrica que dibuja sobre el suelo gris mil millones de formas diferentes, todo de alquitrán, todo aluminio. Como piezas sueltas de una máquina que rechinan y se agitan cansadas de soportar una mecánica eterna.

Entonces este peón disfrazado de hombre importante se sienta en un asiento de plástico. Hay una mujer peruana, o ecuatoriana, sentada a su lado, con la música que escucha demasiado alta, con la vida demasiado pesada y la cabeza apoyada contra la ventana. Tiene los ojos cerrados. Y se siente un detrito vagando cómodamente a través de los intestinos o de las heridas de algo más grande. Una herida abierta pero imperceptible, bajo los chasquidos y los resuellos de la locomotora del tren que se abre el pecho en Moncloa, como si fuese una puta que abre las piernas y la gente entra y ella ni se da cuenta, y a los pies de él, un pollo frío hecho del domingo mientras alguien duerme a su lado cuando ya se ha hecho de día. Solo el pensar en su día lo avergüenza, y ya están en Arguelles.

La piel de la bestia se descerraja y enseña su vientre, piernas abiertas, gente que pasa y entra y se sienta. La metrica absurda de un lunes cualquiera, del traqueteo de cada comienzo de semana, de la “insipidez” y de un vacío natural. Piensa en todo aquello que ha de hacer al llegar, piensa en los e-mails, en las reuniones, en los descansos del cigarro (absurda medida de un tiempo ajeno pobremente iluminado por un flexo). Pasan estaciones estando todos dormidos bajo tierra, pasan Ventura Rodriguez, gente entra, gente sale, nadie parpadea. Todos asienten. Y el desfile insípido prosigue hasta Plaza España.

Es habitual que en esa estación concreta hordas de gente anónima a esas horas se hacine contra las puertas laterales del metro y luchen encarnizadamente por entrar al vientre de la bestia. Es “lo normal”. Pero aquella mañana no ocurre, el flujo de las rutinas ha ralentizado su cauce y apenas diez personas entran en el vagón. Son zombies, como él, se aferran cual salvavidas a las barandas para no ceder al traqueteo que los bambolea como tentetiesos de un lado al otro, así leen, cabecean… todo gris. Y cuando la uniformidad monocromática de cada lunes parece inquebrantable, algo pasa. Alguien entra.

¿Es él? Parece, podría ser El, pero en ese marco algo desencuadra y distorsiona. Jamás se levanta tan temprano, y mucho menos va seguido de alguien tan joven. Tan solo los ve de espaldas, primero a Él, más tarde a quien le acompaña. Se fija inmediatamente en las manos –no están enlazadas, lo que le dá un leve resuello, el aire suficiente para incorporarse levemente, erguir la espalda, clavar la vista en esa espalda conocida, familiar como resultan los paisajes ajenos en los que has estado de vacaciones en los que te resultó tan fácil imaginarte viviendo. Por un instante piensa que quizás el jovencito que se ha apostado junto a él es otro peón más que se desliza por la entraña de la bestia y que no tiene nada que ver con él, pero de pronto, El se inclina para decirle algo. El jovencito sonríe, asiente, saca su móvil del bolsillo delantero del pantalón y responde algo que no puede escuchar. El sonríe inmediatamente después y ambos miran en silencio al frente, de pie, aferradas esas dos manos que no se tocan a la baranda perpendicular del metro. Sin darse apenas cuenta, ha enderezado la espalda y ha escondido con un suave movimiento del pié la bolsa que contiene la tartera  de “los lunes” bajo el asiento de plástico, pero no se mueve. No se levanta, porque piensa que si se incorpora, caerá inevitablemente en sus brazos, como siempre.

Ha caído tantas veces en sus brazos…. En una historia tan larga…. Realmente así se conocieron, cuando el trastabilleo y lo único a lo que pudo aferrarse fue a su cuerpo, aquella primavera lejana, muy lejos del desfilar de las luces hacia la estación de Callao, que intermitentes reflejan las sombras que tantos años después han desdibujado un rostro mas cansado, mas furibundo ahora. Pero eran tan jóvenes como el muchacho que teclea algo sobre la pantalla de su iphone, mientras El sigue mirando al frente, abstraído, como parte ajena a esa extraña pareja que forman. Lo observa con mil sentimientos golpeando desde dentro su pecho. Lo envidia, lo desprecia, su juventud y su indiferencia… El creerse merecedor de todo lo que tiene, violentamente intrépido. Lo que sintió bajo la piel de sus labios la primera vez que se besaron, y aquel “te quiero” tan inmediato que lo hizo levantarse del taburete de una cervecería a las afueras y salir corriendo hacia un taxi… olvidando su cartera. Inevitable no volver a verse. De ahí la ira eterna de poder tenerlo a su lado y mostrar esa soledad conjunta que tan siquiera se roza, sabiendo él que iba a extrañarla el resto de su vida.

Y ya en Sol el hambriento gusano excreto los residuos de personas anónimas que agotadas se dislocaban hacia la entrada, solas y sin moverse, sin conocerse en la marea humana de una soledad imposible, aunque ellos seguían ahí sin moverse, sin hablarse. La mujer sudamericana había dejado paso a un hombre grueso y desaliñado que tosía con un sonido extraño.  Recordó aquel sonido, sintío la fiebre sobre la palma de su mano cuando El se puso tan enfermo aquellas navidades en casa de su madre, y el le compró una chaqueta verde botella en el Zara como regalo y estuvo a su lado cada minuto de aquellas vacaciones, llevando dos platos de uvas que solos los dos tomaron en la habitación de su madre, mientras El tiritaba de frío, y el mojaba gasas en el bidet para enfriar su frente. Pero ahora estaba allí… aquella espalda conocida, aquella costa oscura, aquel recuerdo, que palpitaba. Con aquel extraño, entre los extraños, extraño todo y tan ajeno al antes, a las risas desencajadas después de un porro mientras jugaban a la consola y   cuando eran felices y había promesas y esperanzas, y el Gran Dolor no había llamado a la puerta para quedarse instalado en el salón para siempre.

El tren se sacude en Lavapies. Las ruedas chirrían y se quiebran. El metro da un resoplido de agotamiento y tiembla. Una vez más las puertas se abren y vomitan gente, reciben gente… como una puta de turno a las 07:50 aunque él no puede apartar la vista de El y volver a bañarse una vez y otra en su historia conjunta. No puede entender como es posible que dos personas que se han cuidado tanto, que se han querido tanto, se encuentren de pronto al filo de ese destino caprichoso y tan siquiera puedan concederse la tregua de un “buenos días” bajo los neones de una estación de metro. Pero ahí siguen, silenciosas tejedoras tricotando un manto que no cubrirá jamás el frío que siente.

El chico más joven le muestra algo en la pantalla del móvil. El asiente, como un padre, y es la primera vez que se tocan. El le ha puesto una mano en el hombro que retira con la cautela de alguien que mete el dedo en un postre recién hecho, sin que el cocinero lo advierta bajo la excusa de probarlo, pero goloso.
Y en Delicias juega el a recordar cada momento en el que compartían tantas cosas que acabaron por incendiarlo todo (demasiado fuego). Recuerda su aliento, recuerda el tacto de su mano, recuerda los pequeños detalles, el olor de su cuerpo, los tics, los éxitos y los fracasos. Recuerda la tarde en aquel coche de alquiler camino a Barcelona. El miedo a que todo se rompiese, las llamadas a deshora cuando todo se rompió. Recuerda la cama deshecha, los calcetines desparejos colgados de una cuerda en el patio de luces. Las miradas en la cena del cumpleaños de su padre, el sexo…. Y siente que aquella espalda que ya no le pertenece es imposible se encuentre a tan poca distancia de él y no pueda ser capaz de despedirse… una vez más. Esa nueva despedida y última que se repitió en el final, cuando todo falló. Pero aún así le queda su risa, que no olvidará nunca y aún escucha de espaldas.

Parece que uno le habla al otro como un profesor de escuela, y parece también que los vientos están a punto de cambiar, porque se preparan rompiendo la estaticidad y la calma. El chico más joven se guarda el móvil en el bolsillo de atrás del pantalón… El busca algo en sus bolsillos, y la bestia se detiene tras su último rugir. Las puertas se abren. Se giran muy lentamente, suenan los coros y el vagón se impregna de un olor ocre como de arcilla. Aquella espalda que es un tótem se inclina hacia la izquierda en un movimiento extraño, para desvelar unas formas inequívocas…

De que no es El.

El desconocido y su joven amante salen del metro en Legazpi tan ajenos a toda esta historia, que él no puede más que dibujar una sonrisa en su rostro de benevolencia. Piensa por un momento en deshacer todo aquello que ha construido en todo ese trayecto imposible desde el principio, pero algo lo impulsa como un resorte a saltar del vagón y seguirlos por los interminables pasillos. Caminando a escasos metros de la extraña pareja. Siguen sin hablarse. Siguen solos, los tres, a diferentes niveles, pero solos. Y mientras él sigue un rastro que ni tan siquiera es capaz de recordar, los dos, el hombre y el chico, caminan en silencio sin mirarse a través de tuberías y de engranajes.

Salen del metro a una calle que se despereza . Los tres, dos juntos y el intruso. El sol golpea rotundo los rostros y  El se pone la mano sobre la frente como una visera.

Sin mediar palabra, se gira el extraño y le imposta un beso en la mejilla al más joven (quizás sean hermanos), que se aleja cruzando la calle entre un montón de coches hacinados por un semáforo en rojo que interrumpe el tránsito. Y ahí se encuentra él, de pié, esperando a que algo que no existió concluya ya avanzadas las ocho de la mañana. Se sienta en un banco de piedra a la salida de la boca de metro, descubriéndose sonriendo como un niño que ha descubierto que los Reyes Magos son los padres y hace que este detalle trivial cobre todo el sentido para muchas especulaciones, sospechas, resolviendo finalmente el mágico e irresolvible cubo de Rubick.

https://www.youtube.com/watch?v=0604vinGAYY

Enciende el segundo cigarro del día, se sienta incómodo. Se siente incómodo. Saca su móvil del bolsillo trasero del pantalón, e instintiva mente marca un número de teléfono que no ha olvidado nunca, siendo quizás el único numero que recuerda a parte del de su madre. Sonríe exalando el humo, creando una nube amarillenta sobre las cabezas de toda una ciudad que sigue su curso inevitable, llena a la vez de infinidad de rostros desconocidos, aunque tremendamente familiares.


Tras el segundo tono, una bolsa con un pollo frío bajo en un asiento del metro, viaja por la Linea 3 sola y perdida hacia ninguna parte. 

domingo, 27 de abril de 2014

Tres Pares de Pies

              Como soldaditos de plomo sobre el alfeizar de una ventana, huérfanos en parte o perdidos en alguna batalla no registrada en ningún libro de historia, lucían tres pares de pies a contraluz, y al fondo, faldas de agua inmensa, salada y de un azul tan intenso que sería incapaz de ser reproducido ni remotamente sobre la paleta de nadie.

                Un desfile improvisado de treinta uñas en equipos de cinco, hermanadas a su vez en grupos de dos. Las primeras diez, coronando unas pantorrillas blancas y de un vello fino y descuidado adoptaban una forma extraña de raíces. Eran diez uñas en la cúspide de diez dedos pequeños y rechonchos como agarrotados, poco cuidadas, vueltas sobre si mismas en caprichosas formas, propias no obstante de unos pies grandes, que prometían haber caminado miles de kilómetros y haber sido abandonadas a la mala fortuna de un deterioro inexorable. Junto a estas, otras diez, más pequeñas, casi diminutas, lo que les hacía adoptar el aspecto de pequeños zafiros incrustados en unos dedos gráciles, elegantes, posiblemente de una actriz de cine mudo, que se movían bailando extendiéndose y distendiéndose como tratando de abrazar el mar que aún lejano, permitía de vez en cuando, ante la oscilencia de ese mismo mar condescendiente y tranquilo pero revoltoso, bañarlos con las salpicaduras de cada palabra que la suavidad del oleaje producido por el motor de aquella embarcación de madera nada ostentosa, pero inequívocamente suficiente, producía. Y luego el último grupo. Unos dedos correctos, de uñas correctas, ordenadas en casi equidistantes intervalos, de pantorrillas firmes y robustas, cuyas venas parecían trazos hechos a conciencia por la arquitectura perfecta de unas piernas densas, voluptuosas.

                Mas allá, la nada de un océano entregado a nuestro capricho, perlado de vez en cuando por algún islote de apariencia indómita sobre el que reposaba un restaurante hecho de juncos y troncos de bambú al que solo se podría llegar navegando, o nadando. Y las largas sombras que sobre la popa los treinta dedos de los seis pies proyectaban escasamente al encontrarse un sol de justicia justo en perpendicular.

                -Creo que deberías de plantearte las cosas de otro modo – irrumpió una de las voces, de naturaleza indudablemente masculina. Era la voz de un hombre joven aunque con la solera de haber leído cientos de libros. Ligeramente aguda pero con un fondo perturbador a la vez, que bien podría haber sido ubicada en una platea de un gran teatro o en un pasillo de un museo. Los dedos nacarados en azul se encogieron sobre si mismo para estirar cuanto pudieron las sombras que proyectaban al compas del tenue oleaje que golpeaba la barcaza.

                Llego una risa. Una risa de mujer.

                -Ah ¿si?- increpó otra voz, esta vez de mujer, suave como el satén, pero con el sarcasmo inocente de las voces naranjas, o amarillas. A la pregunta sin esperada respuesta la siguió otra sonrisa, quizás del primer hombre, quizás de el otro.

                -Si. No se en donde leí que Seneca dijo una vez  que “La Soledad no es estar solo, sinó estar vacío”- sentenció la primera voz.

                El silencio se mantuvo el tiempo necesario para dejar que el eco de aquella reflexión se ahogase bajo el sonido del motor y de las aspas de la hélice chapoteando contra el agua. Luego casi de manera simultanea, unos hielos tintinearon en el interior de un vaso, el chisporroteo de un liquido que burbujea al ser sorbido descuidadamente a través de una pajita.

                -Claro, eso lo dices porque  tu tienes novio- apuntilló una tercera voz, de un segundo hombre que parecía más joven, o más inexperto que el primero, con menos años o menos capítulos pasados, o leidos en diagonal o devorados cuan rápido se habrían deslizado sobre el asfalto esos dedos propiedad de los pies últimos de este relato.

                Por primera vez todo parecía tan pequeño y tan tan poco importante alrededor…  era tan fácil imaginarse detenido por una eternidad de segundos uno detrás de otro flotando en medio de aquella inmensidad azul, con el calor de un sol todavía no sofocante arañando la piel con delicadeza,…  parecía todos los problemas del mundo, la nostalgia, la soledad incrustada como un alfiler entre el cabello, la premura, la ansiedad, tan tan insignificantes comparados con aquella basta pradera azul verdosa que se extendía kilómetros y kilómetros por todas partes, aquel lugar donde por fin los tres pares de pies que cortaban el horizonte de la vista no tenían necesariamente que caminar… que arrastrarse hasta la oficina, hasta el supermercado, hasta un semáforo en una gran avenida infestada de coches en hora punta permanentemente en rojo.

                -No es que tenga o no tenga novio- retomó la primera voz la conversación, con una brizna de indignación impostada- además, sabes que no nos llevamos demasiado bien últimamente.

                Los pies más descuidados rozaron levemente los de la chica, que se retrotrayeron  como un caracol al que le tocas por sorpresa una de sus antenas, con ese característico impulso involuntario. Las sombras sobre la popa bailaron creando complicados perfiles. Y las olas seguían lamiendo los costados de la barca.

                -Ya, pero lo tienes- replicó la voz de la chica. –aunque yo estoy en proceso de no hacer que mi felicidad dependa de nadie. Es lo mejor….

                -¡Venga ya!- interrumpió la primera voz.

                -¡¡Es verdad!! – la voz de mujer parecía ahora algo molesta. Si esos pies hubiesen tenido un cuerpo que los correspondiese, de seguro aquella mujer se hubiese incorporado sobre sus codos para desafiar entornando los ojos al propietario de la primera voz – en el fondo pasas tu vida enganchado a relaciones insanas que solo que absorben cada una de las posibilidades que la vida te brinda para ser feliz en las cosas cotidianas… - uno de los piés del primero volvió a rozar el lateral de uno de los pies de la chica que lo volvió a retirar ahora con más énfasis y replegó la pantorrilla sobre la otra pierna larga, blanca aún como el papel, bronceadas y de miel en cuestión de días, interminablemente largas siempre - ¿Estás haciendo piececitos conmigo por alguna razón es especial? – hizo frente sin aviso, de súbito.

                Las carcajadas de los otros dos hombres sobrevolaron las supuestas tres inexistentes cabezas. Duraron muchos segundos, y lentamente fueron acompañadas por una leve y desconcertada sonrisa de ella.

                El primer hombre respondió tras un amago de tos.

                -No, solo lo hacía para ponerte nerviosa.

                -Pues lo estás consiguiendo.

                Risas, nuevas, frescas, de lima y de menta. Y el silencio de un mar calmo, de un sol apacible como una caricia. Y las sombras de aquellos treinta dedos que se estiran un par de centímetros siguiendo al sol, pues ya no son solo dedos. Son girasoles.

-Lo que quiero decir – prosiguió de nuevo ella –es que el amor puede encontrarse en otros muchos lugares.

Silencio. Tintinear de hielos.

-¿A que te estás refiriendo exactamente?- la voz del segundo hombre sonaba ahora como un murmullo, casi previa a la ensoñación- ¿al sexo?

-No. El sexo a nuestra edad temo que ya poco tiene que ver con el amor…. – continuó ella. Pero no terminó la frase. La mantuvo pendiente de un hilo invisible anclada a algún recuerdo insustituible que había nacido de pronto sembrado y alimentado por la conversación, o por el fulgor de la cadencia de las olas que los mecían mientras los tres pares de pies se tostaban al sol tropical de un mar lejanísimo pero imposiblemente cercano a la vez. Se escuchó una respiración profundísima, y como el aire era expulsado con suavidad de lo más profundo de los pulmones.

Y así avanzaron los minutos, con las ondas, con las bandadas de gaviotas que de vez en cuando surcaban el imperturbable cielo azul sobre las cabezas, de haberlas habido, de existir. Se podía escuchar de vez en cuando algún hielo golpear sobre el cristal de un vaso ya casi vacío, una respiración profunda y relajada, de alma lavada, la voz gutural del océano con su nana que los mecía en su vientre, de esa gran cuna de agua y maderas que componía el espacio donde los pies más jóvenes, aquellos más a la derecha del horizonte, empezaron a ladearse sobre la superficie de la barca, con sus palmas blancas, con sus dedos cortos… y ese tiempo de existir se convirtió en un fotograma eterno que recobraría su importancia una vez esos mismo pies enlutados en mocasines, tacones, deportivas, necesitasen volver al mar a recordarlo.
Las uñas zafiro se volvieron a extender y distender, pensativas, con la modestia de alguien que ha sido descubierto en un talento que ha mantenido oculto por vergüenza a la diferencia que supone… hasta que la voz primera, la más sabia, aquella que parecía encerrar más recodos en sus tonalidades ocres, retomó la conversación suspendida.

-¿y tu donde crees que está el amor?


Ella sonrió, se la imaginó sonreir. Sus pies se relajaron finalmente, siendo ya sus sombras tan largas que casi alcanzaban los lindes de la embarcación.

-Aquí. Aquí mismo.- concluyó.

Los pies de la mujer, como pececillos espantados por el chapoteo de un niño se replegaron sobre sus piernas y desaparecieron para siempre. Se desplegó sobre sus grandes alas doradas un silencio nuevo, revelador y todopoderoso ahora, necesario de cualquier modo para asentar aquellas palabras en el puzle eterno que resultabas las palabras dichas, las lágrimas saladas deslizadas tantas veces por todas las mejillas. Aquel silencio que hablaba en si mismo cedió al peso de un graznido de algún ave que pasó muy cerca de la nave, y cubrió la superficie del mar, de los otros sonidos diminutos que ahora parecían flecos sueltos en la comisura de una costura perfecta. Se escuchó seguidamente un chapuzón líquido….

Y luego nada

Solo dos pares de pies. Uno despuntando al cielo con su simétrica sombra cuan larga resultaba fruto de un sol que ya había alcanzado lo más alto de si mismo, en vigilia, expectante, un vacío reciente y su eco, y otro par de pies ladeado, danzando al compás de una respiración costosa tan lejos como la orilla misma. Esa misma orilla a la que sería imposible volver. A esa misma no, quizás a otras semejantes, pero nunca a la misma.

Porque ¿y si el amor realmente estuviese aquí?¿aquí mismo?. En las conversaciones, en las compañías fugaces, en las veladas a la orilla del mar con los tres pares de pies apuntando al cielo, el pasar del tiempo, los juegos cómplices,… los conocidos que nunca dejarán de serlo. En la sincronía de unos pies cansados de caminar solos que deciden compartir un receso al borde del mar, en un océano ajeno y muy muy lejano. ¿Y si nunca hubiese estado en esa pareja que nunca apareció para consolar nuestros terrores más devastadores?¿O en esa relación fugaz que empezó con la falsa gracilidad con la que se fue, haciendo todo el ruido que pudo?  ¿O en el sexo?.

¿Y si el amor siempre hubiese estado aquí, y hubiésemos estado siempre tan absortos en nuestro propio andar que lo hubiésemos estado dejando huir por las heridas de los otros, a borbotones? ¿Y si hubiese estado siempre aquí?


¿Aquí mismo?. 

martes, 18 de febrero de 2014

La Increíble Historia del Hombre que aparcaba su Bicicleta en la Puerta de una Mañana de Domingo.

Arqueo de una extraña manera la espalda. Se inclinó apoyándose contra el respaldo de la silla tapizada en colores crema con los codos y flexiono levemente las piernas haciendo fuerza para atraerla hacia si porque llevaba quizás demasiado tiempo en la misma postura… dejando escapar un leve quejido y entrecerrando los ojos, para concentrarse en un punto al otro lado de sus párpados. Un punto in finito que él y solo él parecía ver. E inmediatamente después como si hubiese vuelto de un trance personal, nos miró a ambos un segundo (quizás fueron más, pero a mi me pareció un solo segundo, extraño por lo efímero, pero casi dramático) y sonrió. Pero no era una sonrisa ágil. Era una especie de gesto fragmentado en cientos de cristalitos de colores térreos.

                Los rayos de sol empezaban a despuntar arañando la persiana bajada, que se hacían pinchacitos de acupuntura sobre nuestras pieles macilentas. El perro aletargado por el humo del cannabis a mis pies. La música flotando como copos de nieve. La vida en la mano. Una vida cómplice, frenética y muerta de hambre. A veces Madrid te ofrece regalos imprevisibles. Y ya eran las diez de la mañana al borde de una galerna que estaba arrasando la costa pero tan lejos de nosotros como cualquier responsabilidad que alguno de los tres hubiésemos mantenido por esa mañana de domingo, que habíamos aparcado como una bicicleta en la puerta de un bar amarrada a una farola… a si que inevitablemente ahí estábamos los tres, desconocidos conociéndose a la velocidad de la luz por si llegaba el mañana y nos encontraba desnudos como niños y así de frágiles. Nos vestíamos de secretos a toda prisa, sin miedo y sin vergüenza. Aunque se nos acababa el tabaco. Bebíamos ahora ron con zumo de piña sin hielo, aunque si hubiésemos tenido Pastís como único recurso no hubiésemos tenido miramientos, porque la noche había sido larga, miles de rostros y de conversaciones habían desfilado ante nosotros, rostros ajenos como éramos ahora un poco menos nosotros, al menos durante esa mañana. Y la noche, tan larga, de un Madrid tan grande, había sabido a nada y había ido dejando un regusto extraño en nuestros paladares, pero si bien al verlo ahí sentado, velado por cierto vestido de una tristeza antigua, me daba cuenta de que lentamente nos íbamos hermanando en algo que como la espuma en la orilla de la playa, de una playa revuelta, de una marisma violenta que era lo que había fuera, de donde veníamos y de lo que sin pudor ahora tratábamos desesperadamente de huir, era breve y quebradizo. Era un Ecce Hommo de cristal de bohemia retorcido en una extraña postura, como encerrado en su piel, en medio del salón.

-Si es que la gente no tiene ni puta idea de lo que hay detrás – concluyo su viaje que nosotros presenciamos como en un tren a toda velocidad, al otro lado de la ventanilla de un ferri. Se incorporó, y estiró los brazos tratando de tocar las nubes de humo amarillo que flotaban sobre nuestras cabezas. Por un segundo pensé que trataba de jugar a auto compadecerse, de desmitificarse, o “despedestalizarse”… no sé. Supongo que es fácil enumerar cada una de las cosas que crees van mal en tu vida cuando tienes una importante cuenta corriente, cuando eres el “hombre del momento”, cuando no necesitas reservar en el Ramses o tienes un palco en el Real solo por ser quien eres. Cuando no has de levantarte cada mañana a las seis y media de la mañana por un paupérrimo salario, o estás en paro. Aunque supongo que es exactamente igual de sencillo prejuzgar a alguien por ser lo que crees que es.

                Encendió un nuevo cigarro, que abrasó de una sola calada y luego expulsó el humo con una furia contenida e intermitente.

                -Y la gente me ve, y me hace la pelota, y…- y ahí estaba. De pie frente a nosotros. Estaba harto de verlo en series de televisión de más o menos éxito, de verlo en las portadas de algún serial de celuloide por sus supuestos affairs con unas y/o con otros, de conocer lo que creía que era su vida a través de lo que otros que ni siquiera habían compartido una sonrisa con él, de presumir saber lo que sentía, lo que disfrutaba y lo que soñaba cuando nadie parecía mirarlo de frente. Aunque ahora estaba en medio de nuestro salón  y aquel prototipo de personaje había mutado en una persona rasgada y lacerada. Era extraño… en el fondo era como ver una película en 3D, o estar en el visionado de “El Color Púrpura del Cairo”…- y supongo que no saben que me muero de ganas por poder decirles a todos que me importan un carajo y que si hiciesen el mismo esfuerzo por conocerme como por adorar la imagen distorsionada que tiene de mí, quizás tendrían ese trocito de mí que creen les corresponde por derecho porque han leído esto o aquello, o se han cruzado conmigo en esta o esta otra inauguración… o simplemente porque me siguen en tweeter.

                Hizo un gesto extraño con la mano, como desechando el último fugaz pensamiento que cruzó su cabeza al oírse a sí mismo diciendo todo aquello. Se inclinó sobre la tapa de “Los Juegos del Hambre”, se inclinó con una torpeza propia de unas horas tan avanzadas y tan breves, y esnifó con energía tratando que los malos recuerdos que borbotaban por salir se arrastrasen por su garganta hacia el estómago, como para digerirlos y así no tener que volver a recordarlos.

                Yo me levanté, hice lo propio, aunque mi pena fuese menor y menos ácida que la suya, aunque estaba también ahí. Si algo aprendía a cada palabra era el espejo que estaba representando para mí aquel encuentro. Y tan cerca, rodeando la mesa camilla, mientras me ofrecía el billete enrollado, nos miramos un segundo y no sé por qué, nos abrazamos muy fuerte. Luego se dejó caer en el sofá  con todo su peso haciendo crujir la madera.

-Venga ya. No puede ser tan malo- traté de restar importancia para aligerar el peso de la conversación. El me miró con desconcierto.

-¿El qué?.

-Lo de ser famoso y todo eso.- me bastó con escuchar mi voz para arrepentirme hasta del agudo timbre que surgió impertinente. A sí que sonreí, levemente. Ambos me siguieron, cada cual por una razón distinta.- quiero decir…

-Se perfectamente lo que quieres decir. ¿Te refieres a que salgo en la tele?.

-No, bueno…-traté de disculparme, lo que vino seguido de otro movimiento de mano, ese tan suyo como si estuviese esparciendo un goterón de acuarela en una piscina de agua templada.

-Supongo que es más una cuestión de responsabilidad- prosiguió, paladeando cada palabra para ser todo lo preciso que creía yo necesitaba.-Eso es exactamente, una cuestión de responsabilidad. Cuando tienes tantos ojos puestos encima las sombras no dejan de parecer mucho más largas a ojos de los demás, y más oscuras. Tu propia sombra es mucho más oscura que la que proyecta los demás. Tus errores, los que cometes, son mucho más errores que los de los demás. Por el mero hecho de que son menos llamativos.
Creía entenderlo, sin estar demasiado seguro. Era como si en ese momento precisase una traducción a un lenguaje que no estaba seguro de comprender del todo. Y también estaba la música, que había condecorado cada silencio incómodo al principio, cuando llegamos a casa y me di cuenta de lo que estaba ocurriendo y me arrepentí por no comprender el fin y sentí miedo y algo de vergüenza y más tarde acabé por comprender que alguna extraña magia me había cogido de la mano todo el tiempo, por los pasillos del club, por los baños del after, y me había conducido a aquel instante, a aquella conversación, a aquella persona anónima y sensiblemente virgen en el fondo. Virgen a su manera, con su cautela junto a la bicicleta de las responsabilidades amarradas a la puerta. Y descansé. Volando… con los dos. Volando los tres a diferentes niveles.

Pude notar como la cocaína contraía mis pupilas para expandirlas más tarde. Pude despreciar cada acorde que me distrajese de aquella conversación. Cualquier sonido.

El frío cedió a un calor denso y reconfortante. Ya eran casi las once. Y después de todo…
Sentado al borde del sofá, entre nosotros, hundió ligeramente la cabeza entre los hombros y exhalo con un sonido de hastío que vi reflejado en situaciones vividas, rendido con los brazos abiertos, se dejó precipitar en la conversación de espaldas.

-Nadie podría imaginar lo que he podido llegar a ver, o sentir,… nadie puede. Si supiesen – estalló en una sonora carcajada, para sí mismo. Nosotros ya no estábamos allí. Estaba él solo, hasta que volvió de pronto. Imagino que la cocaína también estaba sacudiendo sus entrañas del mismo modo- Supongo que nadie se creería que he sido desahuciado de mi casa, que mi padre jamás me perdonó por ser homosexual y que no me hablo con él desde que cumplí quince años, que me enamoré una sola vez en mi vida, una sola, y fue hace muchísimo tiempo, que no cejo en mi empeño de demostrarle al universo que merezco que me quieran por lo que soy… -su tono giró de la orgánica enumeración de cosas a una explicación de todo aquello- aunque claro, para ello debería de haber superado mis complejos y dejar de esconderme detrás de lo que quiero ser y tratar de ser un poco más realista con lo que soy….

Y un nuevo silencio. Y solo se escuchaba un piano surcando los bafles de la sala. Y volvió de nuevo, esta vez mirándome directamente a los ojos.

-¿Sabes lo que es llegar a tu casa y encontrarte un precinto en tu puerta y que no hayas podido ni siquiera sacar a tu perro?¿Que te encuentres un cartel de la policía diciendo que tu perro está en la perrera municipal y que no puedas entrar? Y tus cosas…. ¡¡¡ Pensar en que ha habido unos señores en tu casa hurgando entre tus calzoncillos y se han llevado a tu perro a la perrera ¡! Qué horror… -musitó, abstraído de nuevo. Por un momento, y volvió. Era un devenir de agua derramándose y volviendo al caudal. - ¡Se llevaron hasta al canario de mi vecina!

Me atraganté, regué la alfombra con el zumo de piña y el ron, estallé en una carcajada. El perro se incorporó sobresaltado, y se estiró un instante para encaramarse de nuevo en el hueco que mis piernas formaban con el sofá.

-¿El canario de tu qué?- pregunté entre carcajadas a la vez que me limpiaba el mentón con el dorso de la mano.

El me secundó cuando fue consciente de su propia comicidad.

-Sí, bueno, tenía apadrinado a un canario coñazo al que tenía que tapar por las noches con una toalla para engañarlo y que pensase que era de noche. Al final acabó hasta cayéndome bien el puto pájaro. Era eran de una vecina que se había ido a una historia de una misión en Senegal… o algo así. Ahora imagínate como el prometedor actor le cuenta a su vecina que su canario ha sido secuestrado por la policía y que piden un rescate que no puede pagar porque le da una vergüenza terrible. Candela, se llama. Le dije que lo había matado la asistenta porque se había dejado puesto el aire acondicionado….- amago de risa como el verano- y le dije que me había mudado, claro.

No quise preguntar el porqué de aquel episodio de su vida. Realmente no me creí con derecho a preguntar ni con el coraje de saber. El hecho es que se recostó en el respaldo del sofá, con la mirada perdida en un vacío familiar y demasiado personal. Y creo que los tres levitamos por unos minutos cubiertos de aquel silencio de terciopelo granate.

Por unos minutos que discurrían líquidos.

Los tres éramos mecidos por la música.

Ojos cerrándose.

Sueño, de algodón. Y una mano que se deslizó con cautela a mi lado y aferró la mía.

Estar en casa…. En la casa de alguien a quien hace muchos años que no ves y que has querido mucho. Una casa en la que has vivido, llena de recuerdos.

-Nadie conoce a nadie –mascullo en duermevela.


Tardé mucho tiempo en contestar, aunque quizás fueron tan solo dos o tres segundos.

-¿Por qué? –pregunté sin mirarlo, con los ojos cerrados. Lo escuché sonreír.

-Porqué salgo en la tele, y en la prensa- añadió con torpeza. Aunque ya no estaba conmigo. Estaba solo en un universo inmenso, o al menos así imaginé que se sentía, o quizás ya se hubiese quedado dormido – Y porque eso hace que mi sombra sea más oscura que la de los demás. Que la de vosotros.

Casi de inmediato, sentí como su respiración se hacía más espesa, y ya no recuerdo nada más salvo una mano sobre la mía.     

                Desperté bien entrada la tarde, con una postura incómoda y una punzada de dolor en el cuello. Mi novio yacía creando un siete casi perfecto con la mitad de su cuerpo balanceado en el linde del sofá, la mitad sobre la alfombra, y una ausencia.

                Me incorporé como pude. La música se había terminado hacía horas y la luz del día había conseguido trasvasar sin dificultad ahora la barrera de las persianas bajadas e inundaba de una manera grotesca e insultante cada recodo y cada pliegue del mobiliario. Me pareció obsceno que la realidad suela golpearte siempre en la boca del estómago en los momentos más inoportunos de tu vida para recordarte todas y cada una de las cosas de las que te arrepientes cuando esa luz misma que agradeces un jueves cualquiera te abofetea un domingo sacando las cuentas de todos tus excesos. Observé por un instante, desconcertado y algo culpable a mi alrededor. Creo que me avergüenza reconocer que esperaba una nota, o una última frase. Un recuerdo algo tangible al que volver en lugar de un montón de palabras que plasmar en un papel cuando quieres que todo permanezca fresco en tu memoria para siempre. Algún sitio al que volver que pudiera tocar.

                Me encaminé al baño, me lavé la cara con agua fría e inspeccione cada nuevo surco, cada ángulo de mi rostro para cerciorarme de que cualquier posible marca de la noche anterior podría difuminarse con algunas horas más de sueño. Oriné copiosamente de un color oscuro tratando de no hacer ruido, pero los recuerdos, las síntesis, las conclusiones, la necesidad imperiosa de los hombres por ordenar aquello que no comprenden en su cabeza afloraban como bandadas de pájaros que cambian de dirección con el viento del invierno en ciernes, en busca de aires más cálidos.

                No sé por qué, pero gracias (pensé). Gracias… Imagino que la gratitud que sentí se debía al simple hecho de haber vivido un momento semejante, del sonido de cada palabra que se dijo y el silencio de aquellas que no nos dijimos. Del color a sangre de una verdad latente en la que ni siquiera había reparado y por toda su luz. Por supuesto, gracias también por que no se quedó. No permaneció más tiempo que el suficiente para hacerme el último regalo de todos, que no era otro que el de poder atesorar un precioso recuerdo, de la postal nevada al otro lado de la ventana de una casa dibujada por ese momento conjunto.

Mientras tanto, en la tele encendida y sin volumen, anunciaban una nueva serie en una cadena nacional donde el, vestido de policía, rudo, con una mirada huraña y algo esquiva se protegía de los disparos de una mafia china (o algo así). Era universalmente guapo, era un gran actor con un rostro que reconoceríamos en cualquier cola de cualquier supermercado y le daríamos un codazo a nuestro acompañante al tiempo que susurrábamos “mira, el de tal serie, o tal otra”… aunque yo veía desde mi salón a un hombre tierno y algo solo que trataba desesperadamente de encontrar un sitio en el que quedarse, un hombre con defectos y virtudes conocidos y conocibles,… lo imaginaba ahora a media noche huyendo del barrio en bicicleta, tratando de llegar a casa. 

domingo, 2 de febrero de 2014

Cuenta Atrás

  Cuenta Atrás

   Es esta plaza, su perfume. El de la gente que pasa casi sobre mi respirando un aire distinto. Y parte de esas nubes como telas de difusos bordes contra un azul muy muy intenso que perfila los edificios. Abrir los brazos, como las alas de las palomas que despegan huyendo del gris asfalto mojado de la lluvia que ha caído hace un instante. Sacar la mano por la ventanilla del coche y dibujar siluetas en el aire. Respirar… es solo eso. Respirar.

    Vuelve aquí, aún no te has ido, vuelve aquí. Contemos las pisadas que nos han traido hasta el punto exacto en el que nos encontramos, en la cima de todo. Contémonos cuentos. Seamos niños desnudos corriendo por la arena. No tengas miedo, vuelve aquí. Son tus sesenta  y cinco fantasmas los que danzan alrededor de esa estela tuya de colores de otoño, no eres tu. No solo eres tu.

    Mirando a solas tras un enorme escaparte como el humo del café desfila creando caprichosas ninfas que caminan dando pequeños saltitos entre las risas del resto de la gente de este bar, a mi alrededor. El letargo de alguien durmiendo entre cartones en un portal. Un gato con el rabo tieso como una lanza, de pelaje suave. Se sienta, busca purgando con sus dientes entre sus zarpas. Y soy yo espiando una nueva herida sangrante en el envés de mi mano, esperando que el alma misma parezca dejar de írseme en cada palabra.

    No es tarde. Vuelve aquí. No te vayas. Esto no ha hecho más que empezar. Cabalgemos las olas que el tiempo azota contra la costa, buscando respuestas. Digamos “te quiero”. Lloremos las lágrimas saladas de cada vez que alguien nos rompió el corazón. Son mis cuarenta  y ocho promesas que nunca debí haber dicho con tal ligereza porque las promesas están para cumplirse.

    Son la multitud de rostros que no soportan la mirada y caminan entre lanas, tejanos, algodón, linos hacia algún lugar lejos de aquello que refleje una sombra semejante. Las disculpas algo fuera de tono por llegar fuera de tiempo en algún cobijo fuera, donde nadie puede verlas. Los ruidos de los coches decelerando ante un hombre vestido de negro atravesando un paso de cebra, pero detenido, estático, por haber perdido algo que es incapaz de recordar. Un “Sol Sontenido”. Un “Fa” descompuesto entre los labios.

    ¿Dónde estás?. Vuelve aquí. Tan solo podría darte lo que cabe en la cuenca de mis manos, el músculo más grande y más pequeño. Que late, que no es gran cosa, pero es tuyo. No te vayas. No me hagas repetir que no te vayas, porque cuando alguien parte nunca se marcha del todo, y deja un poso amargo al final de este vaso que he vaciado yo. Son veintiuna despedidas ya. Ni una más.

    Es el chasquido de un pestillo al abrirse, con su click, con su boom, como un gatillo. O el vaho al respirar contra la ventana de un autobús el que crea un lienzo sobre el que grabar un corazón con dos iniciales dentro. Cerrar los ojos, abrir las manos, llenar los pulmones. Caminar sobre las aguas. Morir de amor, por amor. Muchas veces. Es una sábana ondeando en una terraza como una bandera doméstica y tranquila.



    Vuelve aquí. No me dejes. Porque no quiero aprender el camino a esta casa nueva y distinta. Mi cuerpo es ya parte de un vacío inmenso que se revuelve buscando un contacto que no llega. Que no llena. Que no es nada… Y ya son diez días en silencio, y ya son seis llamadas sin respuesta y tres palabras  moribundas en el quicio de mi boca, y dos brazos que se abrazan al vacío… no te vayas, vuelve aquí.  No te vayas, pues me asusta que al volver sobre mis pasos descubra que en esta historia de amor creí  que compartimos, no hayamos nunca dormido dos, sino tan solo uno. 

domingo, 27 de octubre de 2013

SENTIR

Sentir

Sentir que aún respire. Que mis pulmones se hinchan y sentir el peso, la cadencia.

Sentir el peso de la sangre que brota a borbotones de las yemas de mis dedos, sentir el pulso, y sonreír, bajo la brisa de la tarde que se muere lentamente, como los sabios de una eterna tarde de otoño.

Sentir cada recuerdo como alfileres, cada beso como el último, cada orgasmo como el primero. Y abrir los brazos. Rendirse a la humilde frescura de esa nada intensa que a todos nosotros nos absorbe, nos respirar. Sentir no sentir nada, por un leve instante antes de que todo vuelva al origen del principio, de cada uno de los universales principios.

Y así me rebelo, de una forma relajada sobre las sabanas en tu cuerpo inmenso, baja cada pliegue aleatorio de tu cuerpo, en tu cuerpo, en todo tu cuerpo. Sonrío, y así me quejo y me incómodo. Desdibujando sombras de grafito y de carbón… creando espectros.

Sentir. Tu dedo sobre mi espalda, tu cuerpo en el mío, bebiendo siendo ciervo en la ribera de cada uno de nuestros deseos… de esos que nunca revelamos, tan solo cuando a solas los muslos, y los quehaceres se desdibujan en el intenso ene agrama del “para siempre”.

Respiro, lleno los pulmones de la bruma emanada de cada respirar distinto y nuevo, de cada melodía. Y las cuerdas vibran, los palpitares entretejen una costura difusa entre las nubes. Y las palabras no surgen, y yo siento. Yo…. Tan solo siento.

Cierro los ojos, busco en algún lugar extraño, tatuado, el mapa del tesoro prometido, titilante en la inmensidad de un océano azul oscuro de gentes que sienten, que palpitan. Y corro desnudo por la estepa de cada ambigüedad que ni tu ni yo decimos por no comprometernos.


Cuando la luz de la mañana atraviesa como una flecha las cortinas que embelesan la ventana de una casa nuestra. Y al abrir mis ojos, tu estás ahí, en silencio, tu respirar denso, la cumbre de tu pecho asciende y desciende bajo el propio peso, preguntándome yo donde estarás, que odiseas has propuesto conquistar en el silencio de un cuarto en penumbra, mas lejos de todos, tan lejos de mi…

Es solo abrir con calma el sobre de las buenas noticias, acariciar el plumaje del revés de un ave de estación con el ala rota. Es cerrar cada pensamiento al golpe de cada ola en los tobillos sobre la arena límpida de una playa de invierno. El abrir los brazos a la claridad de un torpe fuego en el medio de la oscura nada. De la oscura sombra, de ti y de mi… de cada uno de nosotros.

Porque sintiendo así camino, niño eterno con los ojos vendados y una vara entre las manos, buscando el premio, cuando cada cual se ha ido a su hambrienta casa de guirnaldas y trofeos demasiado personales para ser compartidos.


…y yo, que solo siento, me desnudo, tiemblo… y te echo de menos en cada verso.

lunes, 26 de agosto de 2013

LAS CIGARRAS


 

A esa gran señora que era mi abuela, aunque nunca lo supe del todo hasta ahora. Gracias Isabel, por todo lo que me has dado.

                Vuelvo a ti; a nosotros, a ese sacrosanto lugar nuestro, tuyo y mío… aunque también vuelan bajo las cigarras.
                Y al sentarme a tu lado juego con la mirada perdida a naufragar de tu mano sobre en oleaje de esos inmensos océanos amarillos, de siembra de secano. Ocres, tostados campos que se pierden mucho más allá de donde alcanza la vista…. Y al fondo, alguna casa tímida y obesa, blanca, teatralmente deforme, como buscando cobijo de la solana bajo algún olivo, o por el contrario, deseando desnudarse de la cal y de las tejas que la visten para así correr ladera abajo entre el centeno, y el trigo, y los girasoles.  Siempre me han parecido un pequeño rebaño que tu vigilas desde lo alto, bajo la sombra de las encinas esculpidas al azar por un tiempo pesado, caluroso… Y está bien sentirse así a tu lado como nunca antes hemos estado hasta ahora, con el sol rascándonos las pieles.
                He traido “el libro de los domingos”. Esta vez es una novela algo banal, predecible en ocasiones pero que habla de ti, y de mi, y de gente como nosotros. Nunca creíste en la República. Siempre me llamas “rojo”, mientras sonríes  con ese gesto tan tuyo que me hace saber que para ti no soy más que El Principito caminando a través  de una bandada de cuervos. Y yo me acerco al juego, porque me gusta que pienses que no he perdido eso que de chico hacía que ese gesto tuyo ya comenzase a perfilarse. “Pobre chico, mi niño, pobre, pobre…” mascullas al cuello de tu blusón negro de punto mientras pellizcas con dulzura mi mejilla. Porque ya no puedes leer, y te encantaba, de joven, pero ahora todos los años han golpeado tus cuencas y velado tus ojos… Pero no has perdido ese aliento tan tuyo, de amazona.
                Me siento a tu lado, como digo, y comienzo a leer, solos tu y yo y las cigarras… pero al terminar el prólogo me detengo. Trato de adivinar en que estarás pensando. Que recuerdo fatuo ha asaltado de pronto tu memoria que es no otra cosa que un baúl donde nunca llegaré a desvelar cuan misterioso y capaz puede llegar a ser. Nunca, nunca podre llegar a imaginar que es lo que sueñas en esos sueños tuyos que tienes y no dices. Pero hay demasiado silencio para una habitación tan grande, y tus manos de anciana, con manchas y lunares, que son mapas, tiemblan ahora.
                A si que dejo el libro a nuestro lado medio abierto para que el viento sacuda con el ímpetu perezoso del mes de agosto las páginas en blanco, y soy yo quien cierra los ojos para poder recordar más vivamente el sentido de tu tacto. Y recorro con la punta de mis dedos los surcos de tu cara, los huesos prominentes del mentón, esa mandíbula ancha, poderosa, tan tuya y por lo tanto tan mía ahora. Juego con mi dedo índice entre los rizos que se escabullen a mi tacto en el cuello de tu ropa. Cierro los ojos para poder olerte otra vez en contra del perfume de los almendros y los cerezos ya cansados por un verano que desfallece, y tu aroma es el de los vinos de barrica, y las gachas, del tabaco Nobel, y la naftalina en los armarios, y las alcachofas hirviendo a fuego lento en la cazuela de porcelana desconchada en los bordes, y aquella fragancia comprada en aquella tienda que feneció en la calle Pez bajo el insoportable peso de las grandes marcas, y los Grandes Almacenes, aquella que se compraba por litros y se fabricaba en la farmacia que hay en donde muere Espíritu Santo con San Bernardo, aquel aroma que impregnaba la ropa de cama, y la lencería con las gomas dadas de si, y tu pelo. Tienes el olor de las Cosas Buenas. De las Cosas de Verdad.
                ¿Me has tocado? ¿Has cogido mi mano? ¿O es el viento?. Solo se que has abierto los ojos un instante tan breve como un leve suspiro, que es el último de todos, tan tan breve que apenas puedo distinguir mi propia mirada como espejo de la tuya… y por fin caigo en cuenta de que color son mis ojos. Azules. De un azul que solo tu sabrías dibujar sobre un papel en blanco. Los que heredó mi padre, y los que ambos me regalasteis. Unos ojos tuyos más rápidos que la velocidad de la luz, y que vieron tantas cosas que me aterra el pensar que no me has dado tiempo para preguntarte todo aquello que ahora de verdad necesitaría me contases. Pero no dices nada. Solo que esa mirada sella los labios de sus párpados y se pierde en algún punto de tus tierras, en el Cerro Gordo, o abajo en la Zarza, o en un amor que ya no está y que por primera vez te has dado cuenta no volverá a encontrarse en la palma de tu mano.
                Y es que las tardes de este Agosto son muy duras, y casi desesperadas en La Mancha, con este sol implacable sobre nuestras cabezas. Y solo queda la eternidad del tiempo por delante.
                Pero todo ha terminado ya, o por la contra, todo acaba de empezar, con las cenizas de una vida entera  esparcidas en el aire, tras la silenciosa procesión de cuatro personas que caminan una mañana de verano entre los arbustos y que no saben muy bien que decir: tu hijo, tus nietos, tu nuera… sin más ruido que el crepitar de ocho pies que se prometen por entonces no olvidar ni una sola de las piedras del camino o de las pisadas. Ni un aroma, ni un solo sonido… solo arañazos del follaje en los tobillos y el polvo que levantan. Polvo al polvo. Cenizas a las cenizas… ojala pudiese ofrecerte un cigarrillo.
                Aunque finalmente estamos ahora aquí tu y yo, solos, nosotros solos sin nada más que toda una tarde por delante, un libro que no leíste y que hoy por hoy quiero compartir contigo, no se si por fastidiarte como me gustaba hacer antaño, o porque ahora resulta mucho más fácil decirte quien creo que soy realmente. Tu y yo. Yo… y una cruz de mármol en la atalaya desde la que observas la estepa de tus tierras areniscas, arcillosas, de almendros, de olivos, de encinas, de promesas amarillas,  bajo la lluvia de lanzas de un sol encarnizado que araña la piel y la curte, y la oscurece, cada paso de un rebaño tuyo y solo tuyo, que es el pueblo,  con la sabiduría de aquellos que saben demasiadas cosas y han hablado demasiado poco.
                Y olvidaba las cigarras. Que son violinistas quebrados, moribundos tratando con un canto desesperado de recordarle al mundo que aún no te has ido del todo.